Un nuevo comienzo

Alejandro apartó la última caja y se limpió el sudor de la frente. El apartamento todavía olía a pintura fresca y a vacío. Se sirvió un vaso de agua y se asomó a la ventana del tercer piso. El estacionamiento del complejo en el suroeste de Houston relucía bajo el sol de las tres de la tarde. Un gato callejero cruzó el asfalto como una exhalación.

Charlie, su chihuahua color crema, no se inmutó. Seguía acurrucado en una esquina del sillón, con la mirada perdida en la nada.

—Estamos en casa, amigo —murmuró Alejandro.

Charlie ni siquiera levantó las orejas.

Habían pasado casi dos meses desde que Valeria se marchó. Dos meses desde que Alejandro llegó del trabajo y encontró las maletas junto a la puerta, un sobre con papeles de divorcio sobre la mesa del comedor, y a su esposa hablando en voz baja por teléfono. Con Ricardo. Su socio. El hombre con quien había levantado el taller mecánico de la calle Navigation. Su compadre desde los tiempos de la preparatoria.

"Esto no funcionó", fue todo lo que dijo Valeria antes de irse. "Ricardo me entiende de verdad. Él ya tiene su propio negocio y… nosotros dos no vamos a ningún lado".

Alejandro se quedó mirando la puerta cerrada durante cinco, diez, quizá quince minutos. Luego se dejó caer en el sofá, junto a Charlie. El perrito temblaba. No por el aire acondicionado.

Lo peor fue descubrir los detalles. Un viaje de "negocios" a San Antonio que no era de negocios. Llamadas nocturnas de "proveedores". Y esa vez que Valeria dijo que iba a visitar a su mamá en Laredo y el peaje de la camioneta registró una salida hacia Galveston. La playa. Con Ricardo.

Lo que más le dolía no era el engaño. Era que se lo hubieran hecho entre dos personas a las que él les había confiado todo. El taller. La casa. Los domingos de carne asada. Los planes de abrir un segundo local. Todo era mentira.

—Sabes qué, Charlie —dijo Alejandro esa misma noche, mientras el perro lo miraba con esos ojos redondos y húmedos—. Nos vamos de aquí. Los dos. Quemamos las naves y empezamos de cero.

Pero Charlie ni movió la cola. Simplemente apoyó el hocico entre sus patitas delanteras y cerró los ojos.

A la mañana siguiente, Alejandro puso el cartel en el taller, vendió su parte del negocio a un competidor por mucho menos de lo que valía, metió cuatro maletas, la cama de Charlie y una bolsa de croquetas en la Silverado, y enfiló hacia Houston. Ciento cincuenta millas de distancia para dejar atrás un pasado que le había estallado en la cara.

***

El apartamento nuevo era pequeño pero luminoso. Un cuarto, sala comedor, y un balcón que daba a un parque con una fuente vieja. A dos cuadras, un veterinario. A la vuelta, un café donde servían tacos de barbacoa los fines de semana.

Lo malo eran los vecinos.

—Mire nomás, ahí sale otra vez el chico con su fiera —comentó doña Rosa desde la banca de cemento junto a la entrada del edificio.

—Ay, comadre, yo no sé qué raza será —respondió doña Carmen, la del 2B—. Pero mire qué chiquito y ya se le nota lo agresivo.

—Qué bárbaro. Y luego lo sacan sin bozal. ¿Usted cree? Si se le ocurre atacar al Manchitas, yo sí meto una queja formal a la administración.

El Manchitas era un gato blanco con manchas negras que pertenecía a doña Carmen y que pasaba el día entero dormitando en el pasillo, ajeno a la fama de "fiera asesina" que le colgaban al perro de Alejandro.

La verdad era otra. Charlie no era agresivo ni de broma. Era, simple y llanamente, un manojo de nervios con patas. Le ladraba a la licuadora, salía corriendo cuando sonaba el microondas y se escondía debajo del sillón si el vecino de arriba movía un mueble. Pero a la gente le encanta inventar historias.

Alejandro salió al estacionamiento con Charlie a las siete de la tarde. El calor empezaba a aflojar y una brisa tibia movía las hojas de los mezquites. El Manchitas dormía sobre el cofre de un Honda Civic estacionado frente a la banca de las vecinas.

—Ya va a ver —insistió doña Rosa—. Se va a armar la de Dios es Cristo.

En ese momento, un tipo fornido de camiseta negra dobló la esquina. Caminaba rápido, hablando por teléfono, y a su lado trotaba un pitbull sin correa y sin bozal. Un animal macizo, de cabeza cuadrada y cuello grueso como un tronco.

—Coño, Toro, quédate quieto —rezongó el tipo sin demasiado interés.

El pitbull se detuvo. Levantó las orejas. Había visto algo.

Una gatita diminuta, color atigrado, de quizá dos meses, había aparecido de detrás de un contenedor de basura. Jugaba con una hoja seca. Iba y venía. Saltaba. Inocente. Ridículamente pequeña.

Toro tensó los músculos.

—Toro, quieto te digo…

Pero Toro ya no escuchaba. Se lanzó como una flecha negra, las uñas arañando el concreto, los ojos clavados en la gatita. La distancia entre el pitbull y el minino se redujo a la mitad en un segundo. La gatita arqueó el lomo por instinto y soltó un bufido ridículo, uno de esos bufidos que parecen un estornudo mal dado. Pero Toro no se detuvo.

Doña Rosa soltó un gritito. Doña Carmen se llevó las manos a la boca. El tipo de la camiseta negra echó a correr, pero iba muy rezagado. Eran quince metros, diez, siete… la gatita no tendría escapatoria.

Y entonces Alejandro sintió que la correa se le soltaba de la mano.

—¡Charlie, no!

El chihuahua salió disparado. Un borrón color crema que cruzó el estacionamiento y se plantó entre el pitbull y la gatita. Clavó las cuatro patitas en el suelo, encogió el cuerpo y soltó un ladrido agudo, ensordecedor, uno tras otro. Una ametralladora de espuma y rabia.

Toro frenó en seco.

Se quedó ahí, plantado, mirando fijamente a esa cosa minúscula que le ladraba a cinco centímetros del hocico sin el menor asomo de duda. Charlie temblaba de arriba abajo. Se le veía en el temblor de las patas, en cómo le castañeteaban los dientes entre ladrido y ladrido. Pero no retrocedió ni un milímetro.

La gatita aprovechó la confusión para meterse debajo del Civic.

—¡Toro, ven aquí, carajo! —gritó el dueño, que por fin alcanzó al perro y lo agarró del collar. Forcejeó con el animal, le puso la correa y lo arrastró hacia la esquina. El pitbull se fue refunfuñando en un gruñido que daba risa—. Perdone, disculpe… ya sabe cómo se ponen estos animales, no pasó nada.

Alejandro llegó corriendo y se arrodilló en el suelo. Charlie seguía ladrando, ahora al aire, y no dejó de hacerlo hasta que sintió las manos de su dueño alrededor de sus costillas.

—Ya, Charlie. Ya pasó. Respira. Ya está.

El chihuahua se quedó mudo. Se dejó levantar como un trapito. El corazón le latía tan fuerte que se le sentía a través del pelaje. Alejandro lo abrazó contra su pecho y con la otra mano buscó debajo del auto. La gatita estaba hecha un ovillo, pegada a la llanta trasera, con los ojos como dos canicas de terror.

—Ven aquí tú también —murmuró Alejandro.

Metió una mano, la agarró con cuidado por el pellejo del cuello y se la llevó al pecho junto a Charlie. El animalito ni siquiera se resistió.

Doña Rosa y doña Carmen seguían en la banca, paralizadas.

—¿Qué raza dijo que era su perro? —preguntó doña Carmen con un hilo de voz.

—Chihuahua.

—Ay, comadre —doña Rosa se abanicó con un sobre del banco que traía en la mano—. Yo creí que esos perros solo servían pa ladrar y morder tobillos.

—Pues ya ve.

—Ya vi.

Alejandro ya iba de camino a la entrada. Charlie, agotado, apoyó el hocico en su hombro y cerró los ojos. La gatita no se movía de su otra mano.

Esa noche, después de que el veterinario le confirmara que la minina estaba sana y que Charlie simplemente necesitaba dormir la adrenalina, Alejandro se sentó en el sillón y los miró a los dos. Charlie roncaba suavecito sobre un cojín. La gatita —a la que había bautizado como Canela— exploraba la sala a pasos torpes, tropezando con sus propias patas cada tercer paso.

"Un chihuahua miedoso que se planta enfrente de un pitbull", pensó Alejandro. "Quién lo diría".

En ese instante, Charlie abrió un ojo, bostezó, y miró a Alejandro con una chispa nueva. No era la mirada apagada de las últimas semanas. Era otra cosa. Quizá orgullo. Quizá el puro cansancio después de la hazaña. El caso es que movió la cola. Una vez. Dos veces. Tres.

Era un comienzo.

Tres días después, una mujer joven tocó a la puerta. Traía el cabello recogido en una trenza suelta, una mochila al hombro y cara de haber corrido diez cuadras.

—¿Sí?

—Disculpe… ¿usted es el señor que rescató a una gatita atigrada en el estacionamiento?

—Bueno, en realidad fue mi perro el que…

—¡Ay, gracias a Dios! —la mujer soltó el aire de golpe—. Me llamo Mariana. La gata es mía… bueno, de mi hija. Sofía tiene ocho años y no ha dejado de llorar desde que se escapó. Yo puse carteles por todo el complejo y las señoras de abajo me dijeron que un muchacho con un perro valiente la había salvado de un pitbull.

Alejandro sonrió sin darse cuenta.

—Pase, está aquí adentro. La llamamos Canela.

—¿Canela?

—Estaba tan chiquita y era de ese color… pegaba.

Mariana entró al apartamento y en cuanto vio a la gatita dormida sobre el regazo de Charlie, se le humedecieron los ojos. Lo raro fue que Charlie, en lugar de ponerse nervioso —como hacía siempre que llegaba una visita—, se quedó quieto, la miró y movió la cola.

—¿Y este es el héroe? —preguntó Mariana, agachándose.

—Ese mismo.

—Pero si es chiquitito…

—Eso no impidió que se le pusiera al frente a un pitbull para salvar a Canela —Alejandro se encogió de hombros—. Creo que a los dos nos hacía falta una victoria.

Mariana levantó la vista. Lo miró a los ojos un segundo de más, como quien entiende sin que nadie le explique. Luego sonrió y acarició a Charlie detrás de las orejas.

—Sofi se va a morir de la emoción cuando le cuente. ¿Le molestaría si la traigo para que lo conozca? Quiero que le dé las gracias en persona.

—Adelante. Charlie estará encantado.

Y vaya si lo estuvo.

Un mes después, Sofía y su mamá se volvieron visita fija. Los domingos por la tarde, el apartamento de Alejandro olía a pozole y a café de olla. Charlie y Canela dormían enroscados uno contra el otro en el sillón, completamente ajenos a esa frase de "perros y gatos" que la gente repite sin pensar.

Doña Rosa y doña Carmen ahora saludaban con la mano cuando veían pasar a Alejandro, y la de la banca de cemento pasó a ser la de las tertulias de fin de semana.

Y en cuanto a Valeria y Ricardo, bueno… Ricardo terminó metiéndose en un fraude con las refacciones del taller y huyó a McAllen sin pagarle a nadie. Valeria le mandó un mensaje a Alejandro seis meses después. Uno de esos largos, llenos de "me equivoqué" y "¿podemos hablar?". No supo qué contestar. Dejó el teléfono sobre la mesa y salió al balcón, donde Mariana lo esperaba con un café en la mano y Sofía correteaba a Charlie con un juguete de peluche.

Una noche, Alejandro se quedó mirando a Charlie, que dormía enroscado contra su costado.

—Sabes qué, amigo —le dijo en voz baja—. Cuando me dijiste que nos largáramos de San Antonio yo pensé que iba a ser la historia más triste de mi vida. Y mira.

Charlie ni se inmutó. Ya no necesitaba hacerlo.

Por la mañana siguiente, cuando Alejandro salió al estacionamiento con el chihuahua en brazos, Charlie levantó la cabeza, miró al sol que despuntaba sobre los tejados de Houston, y ladró. Fuerte. Firme. Sin temblar.

Oceń artykuł
Un nuevo comienzo