La devolución de impuestos

El sobre del IRS llegó un jueves. Lo abrí en la cocina, con el café todavía humeando en la taza y las noticias de Univision de fondo. Cuatro mil doscientos treinta dólares. Ni un centavo más, ni uno menos. Era lo mismo todos los años. Mi reembolso de impuestos, el único dinero que no tenía que repartir entre el seguro del carro, los arreglos de la casa o los caprichos de nadie.

Esa misma noche, llamé a mi hermana Lucía.

—Ya está —le dije, sin saludo—. Lo tengo. ¿Cómo ves si llamo al motel de Port Aransas?

Lucía soltó una carcajada de esas que le hacen toser. Tiene sesenta y ocho años, una rodilla mala y cero paciencia para las tonterías. El año pasado se cayó en el muelle de Rockport y todavía se ríe.

—Pues llama ya, Carmen. La señora Wang me mandó un mensaje la semana pasada preguntando si volvíamos. Dice que nos guarda el cuarto con vista al canal.

Así éramos nosotras. Una semana al año, después de Semana Santa, las dos juntas en la costa de Texas. El resto del año yo era la señora que recogía a los nietos de la parada del autobús, que preparaba tamales para la fiesta de la iglesia, que le prestaba a mi hijo cada vez que el taller no daba. Pero esa semana, con el viento salado y las olas café, éramos Carmen y Lucía, las hermanas García, y lo único que importaba era cuánta arena te cabía en las chanclas.

Guardé el sobre del reembolso en la lata de café debajo del fregadero, donde nadie mete la mano. Ni mi hijo Carlos. Sobre todo él no.

La historia empezó a torcerse un sábado, en el cumpleaños de mi nieta Sofía. Carlos llegó con un six-pack y una bolsa de carnitas. Yo estaba friendo plátanos. De repente, sin preámbulo, soltó:

—Amá, Sofía y Mateo ya fijaron la fecha de la boda. Va a ser en septiembre, en el salón de la iglesia de la Guadalupe. Y pos… queríamos ver si nos podías echar la mano con algo.

Le pasé el plato de carnitas sin mirarlo.

—Yo ya dije que les doy la batidora KitchenAid y los boletos del cine. —Sonreí, queriendo quitarle filo al asunto.

Pero él no se rio. Se rascó la nuca y removió el refresco con el dedo.

—No, amá. Estamos viendo lo del banquete. Va a haber como ciento veinte invitados. Y el mariachi. Y las flores. Ya sabes.

—Ya sé, Carlos. Ya sé. —Apoyé la espátula en la estufa y me sequé las manos en el delantal—. El año pasado les ayudé con lo del anillo. Y en enero le di a Sofía lo del vestido.

—Pero es que ese reembolso que te llegó… —dijo, y la palabra “reembolso” se arrastró como una mosca en la mesa.

Me di la vuelta. Carlos no estaba viéndome. Tenía los ojos clavados en la lata de frijoles, como si ahí estuviera la respuesta.

—Ese dinero es para el viaje con tu tía Lucía. Lo sabes. Llevamos cinco años haciendo esto. El motel, la gasolina, las idas a comer pescado frito. Todo sale de ahí.

—Podrías irte tres días nomás. O ayudarnos con una parte. Sofía es tu única nieta.

—Y Lucía es mi única hermana. Y el médico dijo que la rodilla se le va a poner peor. ¿Cuántos años crees que le quedan de poder caminar por la playa?

Carlos tronó el cuello y se levantó. El six-pack que había traído seguía sin abrir, y el olor a plátano frito llenaba todo. Antes de irse, dijo entre dientes:

—Estás siendo egoísta.

Esa palabra se quedó pegada en el teflón de la cocina. Egoísta. Yo, que me levantaba a las cinco de la mañana para ir a limpiar cuartos en el hospital St. Joseph. Que luego corría para llegar a casa y ponerle el uniforme de la escuela a mi hijo. Que nunca compré un boleto de avión para ver a mi familia en Monterrey, porque siempre había algo más urgente. Egoísta.

Por unos días, Carlos no llamó. Sofía me mandaba mensajes: “Abue, ya escogimos los centros de mesa, son girasoles”. “Abue, Mateo te manda saludos”. Ninguna palabra de dinero. Pensé que el asunto estaba muerto. Hasta que Lucía me llamó un martes en la tarde, con una voz que no era la de ella.

—Carmen, ¿tú sabes por qué me habló Carlos?

Se me enfrió la espalda. Me senté en el borde de la cama, con el teléfono pegado a la oreja.

—¿Qué te dijo?

—Que si podíamos ir de vacaciones a Corpus Christi, que está más cerca, y así no gastaríamos tanto en gasolina. Y que a lo mejor tú querías ayudar con la boda, pero que te da pena decírmelo. Que lo pensara.

Respiré hondo. El ventilador de techo daba vueltas rechinando. Había una grieta en la pared que nunca mandé arreglar. Pensé en todas las veces que Carlos tuvo fiebre y yo me amanecía en la silla del hospital, con su mano entre las mías. En los cheques que le presté para terminar la prepa, para arreglar la camioneta, para el enganche de la casa. Y ahora él llamaba a mi hermana para negociar mis silencios.

—¿Y qué le dijiste, Lucy?

—Que el motel ya está pagado. Y que si tanto le preocupa la boda, que venda su troca. —Se rio, pero esta vez la risa le salió agria.

Colgué y me quedé viendo la lata de café bajo el fregadero. No lloré. No tengo la costumbre. Pero me lavé las manos tres veces, como si con eso pudiera quitarme la sensación de que alguien había metido los dedos en mis emociones.

El sábado siguiente fui a ver a Sofía. Vive en un apartamento pequeñito en la colonia Eastwood, de esos edificios de dos pisos con escaleras de metal. Me abrió en pantalones de yoga, con el cabello mojado. Sobre la mesa de la cocina había un muestrario de tarjetas de invitación y un plato con galletas de animalitos.

—¿Abue? ¿Todo bien?

Entré y señalé el sofá. Sofía se sentó con las piernas cruzadas y una expresión como de niña que va a confesar algo.

—Tu papá me pidió el reembolso de los impuestos. Para la boda.

Los ojos se le aguaron, pero no dijo nada.

—Yo ya les ayudé, mija. Y lo hice con gusto. Pero ese dinero es para irme con tu tía Lucy a la playa. Y no voy a dejar de ir. ¿Tú entiendes?

Sofía se mordió el labio y asintió. Después se levantó y fue a un cajón, del que sacó una cajita de cartón. Adentro había un par de aretes de concha.

—Son para ti, abue. Los compré pensando en la playa. Para que te los lleves.

Me los puse ahí mismo, sin espejo. Sentí las conchitas frías en el lóbulo. Sofía se rio poquito y me abrazó.

—Váyase. El mariachi va a sonar igual. Y el mole también.

Regresé a mi casa en el autobús 52, por la avenida East Freeway, con los aretes puestos y un peso menos en el pecho. Pensé en mi hijo, que todavía no aprende que una madre no es un cajero automático. Y en mi nieta, que con veinticuatro años ya entendió lo que a Carlos le va a tomar quince más: que las mujeres como yo llevamos décadas esperando un permiso que nunca llega, y que un día simplemente dejamos de pedirlo.

Ayer Lucía me mandó un mensaje: “La señora Wang dice que ya nos puso el cuarto en la esquina. Y que hay oferta de ceviche los jueves”.

Metí el sobre del reembolso en la bolsa de mano, junto con el protector solar y un libro de sudokus. Carlos no ha llamado. No importa. El viaje es en once días. Y esta vez, el único ruido que quiero escuchar es el de las olas y la risa de mi hermana.

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