El número que no se podía decir

Mateo llegó al parque MacArthur con las piernas temblorosas y un ramo improvisado en la mano. Eran margaritas, nomeolvides y algo amarillo que la señora del puesto de flores de la calle Séptima le había recomendado con un guiño. Él de plantas entendía lo justo: las rosas rojas que su mamá guardaba en el jarrón del comedor y punto. Eran las cuatro y cincuenta y dos de la tarde. Se detuvo bajo el farol de la entrada, respiró hondo y se repitió que no iba a meter la pata.

—¿Mateo?

La voz sonó justo detrás de él, suave pero perfectamente nítida.

Giró y el ramo por poco acaba en el suelo. Frente a él estaba una muchacha de cabello castaño oscuro, ondulado, con unos ojos color miel que lo miraban entre divertidos y curiosos. Tenía los labios apenas carnosos y dos hoyuelos a los lados de la boca que transformaban su cara en algo imposible de olvidar. Mateo se quedó sin aire. Ni estatua de sal: estalactita, estalagmita, lo que fuera. Camila. Distinta de todas. Mejor que cualquiera.

—Hola —dijo ella, y el perfume suave la envolvió cuando dio otro paso.

—Ho… hola —tartamudeó él—. Caramba, Camila, eres preciosa…

—Anda, tampoco es para tanto —respondió ella jugueteando con el borde de la chaqueta vaquera—. Gracias igual. Eh, ¿esas flores son para mí?

Mateo bajó la mirada al ramo como si lo viera por primera vez.

—¿Qué flores? Ah, sí… discúlpame. Sí, para ti.

Ella soltó una risa breve, le quitó el ramo con suavidad y, sin pedir permiso, le tomó del brazo.

—Vamos, que si nos quedamos aquí nos van a poner en un video de redes. Mira.

Una pareja mayor que paseaba despacio los observaba sin disimulo. Más allá, una mujer que empujaba una carriola también sonreía de medio lado. Mateo obedeció y se dejó guiar.

Caminaron por la calzada de los jacarandas recién florecidos. Mateo, que siempre tenía un chiste o una anécdota en la punta de la lengua, callaba. No era vergüenza, era otra cosa. La miraba de reojo y sentía un golpe seco en el pecho, como si el cuerpo le estuviera avisando de que esa mujer no era una ilusión pasajera.

Al final del sendero, junto a un banco de madera astillada, Camila se soltó del brazo.

—Mateo, no le demos vueltas —dijo seria—. Sé lo que sientes y no pienso hacer como que no lo veo. Pero no corras, ¿de acuerdo?

A él se le heló la nuca. Ya la conocía, esa introducción. «Eres un chico estupendo pero…», «Somos muy distintos…», «No estoy preparada…». Se dio media vuelta y apoyó la palma en el tronco de un alcanfor. Respiraba hondo, lento, maldiciendo por dentro. Veinticinco años, adulto, y se le humedecían los ojos como a un adolescente.

Camila se acercó sin hacer ruido.

—Por favor, no te pongas así. No he dicho que no quiera verte. Solo digo que vayamos paso a paso, ¿me entiendes?

Él tragó saliva y se volvió a medias, sin atreverse a mirarla de frente.

—Camila… va a sonar a telenovela barata, pero tengo la sensación de que te he estado buscando desde siempre. Y de repente te encontré.

Lo dijo y se arrepintió al instante. Demasiado cursi. Pero ella no se rió. Lo observó un instante eterno.

—Yo te creo. No sé por qué, pero te creo.

Siguieron andando, ahora en silencio, hasta que las farolas encendieron. Al salir del parque Mateo divisó una cafetería pequeña con lucecitas tibias en la ventana y tiró del hilo.

—¿Entramos un rato?

Ella asintió, encogida de frío.

Pidieron dos cafés con leche y compartieron un trozo de pastel de tres leches que se deshacía en la boca. Hablaron de todo y de nada: del posgrado a medias de Mateo, del empleo de Camila en la central telefónica, de la suerte estúpida de haberse conocido en aquel cumpleaños. Ella reía con ganas, apoyando la barbilla en la mano, y cuando Mateo contaba algo serio lo escuchaba con el ceño un poco fruncido, como si pesara cada palabra en una balanza invisible. Era fácil, demasiado fácil, y al mismo tiempo él no recordaba haberse sentido así jamás.

A la salida del café, de madrugada ya, la acompañó por calles arboladas. A dos cuadras de un Walmart de trasnoche, Camila se paró en seco.

—Gracias, Mateo. De aquí me voy sola.

—¿Segura? Puedo llevarte hasta la puerta.

Ella dudó un segundo más de lo normal.

—No hace falta. De verdad.

—Camila… ¿me vas a llamar?

Sonrió por un costado, casi invisible.

—¿Y tú vas a esperar?

—Hasta que suene.

—Entonces te llamo.

Mateo la vio alejarse hasta que la silueta se disolvió en la sombra de los edificios. Después giró y echó a andar hacia la parada del autobús con una mezcla de euforia y aprensión. Algo no encajaba. No le daba su número, no quería que supiera dónde vivía. ¿Vergüenza, miedo, un secreto? «Da igual», pensó mientras esperaba con las manos en los bolsillos. «Voy a resolverlo».

Llegó a casa casi a las dos de la madrugada. Su madre, como siempre, lo aguardaba despierta en el sillón, con una revista de crucigramas abierta sobre las rodillas y el chal sobre los hombros. Ni alzó la vista.

—¿Qué tal la cita?

—Bien, mamá. Camila es maravillosa. No se parece en nada a las otras.

—Claro que no. Vete a dormir.

—Buenas noches.

—Que descanses.

Mateo se tumbó en la oscuridad, con el eco de aquella voz en la memoria. «Va a llamar», se dijo, y no supo en qué momento se durmió.

Pasó casi un mes. Para poder hablar con Camila, Mateo se convertía poco menos que en operador de inteligencia. Tras la primera cita, sencillamente llamaba a la central y pedía que le pasaran con ella, pero siempre le respondía una desconocida de voz metálica que repetía «no está permitido» como un disco rayado. Fue entonces que entendió la magnitud del obstáculo: la centralita de Camila no era un teléfono de oficina cualquiera, era un búnker.

Mateo volvía de la universidad, dejaba la mochila en el suelo y se atrincheraba junto al aparato del pasillo durante horas. Su padre bufaba porque quería llamar a la ferretería, su madre suspiraba porque las amigas del comité se quejaban de que siempre estaba comunicando, hasta los vecinos del piso de abajo empezaron a subir a preguntar si el teléfono estaba descolgado. Pero él insistía. A veces, rarísima veces, conseguía que Camila atendiera, y cambiaban un par de frases entrecortadas, con ella susurrando porque el supervisor andaba cerca.

Una tarde en que por fin coincidieron en el parque, Mateo se derrumbó en el banco.

—No puedo más. Entre la que atiende en el cuatro y la del doce, ya puedo describirte a todas tus compañeras sin verles la cara. Hay una que parece sargento de la marina. Ayer me dijo «señor, deje de acosar a las operadoras» y me colgó. Yo solo quería oír tu voz.

Camila lo miró largamente, se mordió el labio inferior y de repente tuvo esa chispa de pillería que a él tanto le gustaba.

—Mateo, en tu casa tienen línea directa, ¿no? Que marcas uno, luego el código de área y el número.

—Claro. ¿Por?

—Creo que sé cómo solucionarlo.

Se inclinó hacia él, tanto que Mateo olió el champú de manzanilla. Le habló casi en un murmullo, como si los árboles tuvieran micrófonos.

—En la sala de conmutadores hay un teléfono de servicio técnico. Sale directo a la red pública. Es para que nos llamen los de mantenimiento de la compañía o el jefe cuando no le funciona el busca. Si consigo el número… puedes llamarme sin pasar por ninguna operadora.

—¿Y eso es legal?

—Es a escondidas, Mateo. Si se enteran me ponen de patitas en la calle y con una nota en el expediente que no me contrata ni el vecino. ¿Entiendes?

Él asintió, serio de golpe.

—Esta noche, a la una, cuando todo el mundo se duerma, te llamo yo a ti y te lo dicto —susurró ella—. Pero solo si me prometes que no se lo dirás a nadie. A absolutamente nadie.

—Lo juro, Camila.

A la una en punto de la madrugada, Mateo estaba sentado en el suelo del pasillo, con el auricular en el regazo y un lapicero y un trozo de papel a un lado. No había encendido ni una luz; solo entraba el resplandor anaranjado de la farola de la calle por la ventana.

El timbrazo fue tan violento en el silencio que casi se le sale el corazón. Levantó el auricular antes del segundo tono.

—¿Sí? —susurró, mientras en la punta de los pies se asomaba al pasillo para verificar que sus padres dormían.

—Soy yo. Apunta —la voz de Camila sonaba diminuta, urgente.

Mateo escribió siete dígitos en el papel mientras ella los repetía, pausada, como quien deletrea una contraseña nuclear.

—Ya lo tengo.

—Acuérdate: marcas uno, luego el código de área, luego esto. Si te confundes, no quiero ni pensar quién te puede contestar.

—Camila, ¿estás sola ahí?

—Más o menos. En el puesto de al lado dormita Silvia con un ojo abierto. No puedo hablar mucho.

Él se llevó el auricular a la otra oreja y apoyó la cabeza en la pared fría.

—Oye… quería decirte…

—Ya sé —lo cortó ella, pero con dulzura—. Yo también.

—Mañana, ¿en el parque a las cinco?

—A las cinco. Ahora cuelga. Buenas noches.

—Buenas noches, Cami.

La comunicación se cortó y Mateo se quedó mirando el teléfono como si fuera un talismán. Ese número lo era. Una rendija abierta solo para él.

Durante dos semanas largas, el plan funcionó con precisión de relojería. Cada noche, entre la una y las dos, Mateo se deslizaba hasta el pasillo, marcaba y escuchaba el timbre lejano hasta que Camila atendía. Hablaban bajito, a veces diez minutos, a veces casi una hora. Se contaban el día en fragmentos, se reían de las mismas estupideces y al final siempre quedaba suspendida una frase sin terminar.

Pero el secreto quema si se agarra demasiado fuerte.

Un jueves a las once y media de la noche, Mateo llegó a casa después de una jornada agotadora y sintió una urgencia distinta. Incapaz de esperar la hora acordada, marcó. Dos tonos. Tres. Nada. Colgó y esperó diez minutos, como instrucciones. Volvió a marcar. Silencio. La centralita debía estar desierta a esas horas; normalmente ella contestaba al instante porque la línea se encendía en todos los monitores.

El estómago se le encogió. Llamó otra vez a la una. Otra vez nada. A las dos, igual. A las tres dejó de intentarlo y se quedó sentado a oscuras, imaginando escenas horribles: un supervisor descubriendo la conexión ilegal, una llamada al departamento de seguridad, ella llorando en una oficina gris.

A la mañana siguiente, con los ojos enrojecidos y la garganta seca, Mateo tomó una decisión. No iba a esperar. Buscó la dirección de la compañía telefónica en una guía vieja que su madre guardaba en el cajón de la cocina y se plantó en la calle Alvarado a las dos de la tarde. El edificio era un bloque de concreto con ventanas polarizadas, de aquellos que no invitan a entrar.

Se quedó en la acera de enfrente, recargado contra un poste, con una gorra calada y un sándwich que no probó. A las cuatro y pico, un grupito de empleadas con uniforme azul empezó a salir. Ninguna era Camila. A las cinco menos cuarto, la puerta se abrió y apareció ella, con el bolso cruzado y el cabello recogido de cualquier modo, pero a su lado caminaba una mujer mayor, de traje sastre y expresión pétrea, gesticulando con enfado. Era la supervisora, seguro: Mateo identificó el tono de sargento de marina que había oído tantas veces por teléfono.

Sin pensarlo dos veces, cruzó la calle.

—Camila —la llamó, plantándose a tres metros.

Ella levantó la cara, pálida de repente. La supervisora se giró con un gesto de pocos amigos.

—¿Y este quién es?

Mateo respiró y soltó el discurso que había ensayado en el autobús.

—Soy Mateo. El que ha estado llamando todo el mes. El que usaba ese número directo porque nadie me dejaba comunicarme con ella. Lo hice yo, ella no tuvo la culpa. Si hay que pagar por algo, yo renuncio a lo que sea, pero no la despidan.

La mujer soltó una carcajada corta, casi ofendida.

—Así que el número de mantenimiento… eso explica la línea ocupada a deshoras. Señorita, sabe muy bien que eso es causal de despido inmediato.

Camila, que hasta ese momento miraba al suelo, alzó la barbilla.

—Lo sé.

—Pues prepárese para firmar su carta.

—No voy a firmar nada —dijo Camila con una calma que a Mateo le pareció sobrenatural—. Renuncio yo. Desde ya.

Y sin dar tiempo a reacciones, tomó a Mateo de la mano y tiró de él calle abajo, casi a la carrera, hasta doblar la esquina. Caminaron en silencio unas cuadras, esquivando peatones, con el corazón bombeando tan fuerte que Mateo lo oía en las sienes.

Al fin se detuvieron en la puerta de un pequeño restaurante de pupusas que olía a masa recién hecha.

—¿Estás loco? —le espetó ella, con los ojos brillantes—. Podrían haberte denunciado por acoso, o por meterme en problemas peores.

—No iba a dejarte sola con eso.

—No me voy a morir sin trabajo, Mateo. Pero esa vieja arpía nos amenazó a todas un día sí y otro también. De algo tenía que servirme.

—¿De algo? ¿Qué vas a hacer ahora?

Camila soltó aire, se recargó en la pared y sonrió por fin, con esos hoyuelos que a él le hacían perder el juicio.

—Pues empezar de nuevo, supongo. Sin un empleo que me obligue a esconderme cada vez que me importa alguien.

Mateo se quedó mudo. Luego avanzó medio paso y le tomó las dos manos.

—Lo que pasó anoche… no contestabas. Me asusté.

—Me quitaron el acceso al teléfono de servicio. La jefa había empezado a sospechar y me cambiaron de puesto a la fuerza. Por eso no pude avisarte. Cuando salí, te vi ahí plantado en la acera con cara de no haber dormido en un mes. Y me di cuenta de algo.

—¿De qué?

—De que vale la pena arriesgarse.

Sin soltarle las manos, Camila se puso de puntillas y le rozó los labios con un beso rápido, casi tímido.

—Vamos —dijo, tirando de él hacia el restaurante—. Te invito a cenar. Con mi último sueldo.

Mateo la siguió, aturdido y feliz. Pidieron dos horchatas y un plato de pupusas revueltas y se sentaron en una mesa pequeña junto a la ventana, donde se veía pasar la gente sin prisa. Ella empezó a contarle, entre bocado y bocado, que siempre había odiado aquel trabajo, que su verdadero sueño era estudiar diseño de interiores, no pasar cables.

—Pues ahora puedes —dijo él, sin retirar la mano que ella mantenía entrelazada sobre la mesa.

Afuera empezaba a anochecer, pero dentro todo estaba iluminado y tibio. Camila lo miró largamente.

—¿Sabes? Me costó trabajo confiar en alguien. Lo de esconderme no era por ti. Era porque no quería que me volviera a pasar lo de antes. Pero andas de porfiado y no me dejaste salir corriendo.

—De porfiado no, de enamorado —corrigió él con una media sonrisa.

Ella le dio un manotazo suave en el brazo y se echó a reír.

Esa risa, lo último que Mateo guardó aquella noche antes de dormir, ya no tenía nada de prohibido. Sonaba libre y limpia, como si acabaran de quitarle un candado al futuro.

Oceń artykuł
El número que no se podía decir