Mariana se miraba al espejo del pasillo, girando un poco para ver cómo le caía el vestido azul marino. Treinta y cinco años le sentaban bien, pensó. El corte del vestido le estilizaba la cintura y le daba un aire fresco, casi como de veinte. Era su aniversario de bodas con ella misma, como le gustaba llamar a sus cumpleaños. Pero esta vez era uno redondo. La temida frontera de los treinta y cinco.
Desde la cocina llegaba un estrépito metálico y la voz de su esposo, Alejandro, tarareando una ranchera. Llevaba media hora con un misterioso ir y venir, y cada vez que se asomaba al pasillo, le sonreía con esa expresión de niño travieso que había aprendido a conocer. Esa sonrisa que siempre significaba que se sentía el hombre más genial del mundo.
—Mariana, ¿ya estás lista? —gritó Alejandro, apareciendo con un trapo al hombro y las manos oliendo a cebolla—. ¡Los invitados van a llegar en cualquier momento!
—Ya voy, ya voy —respondió ella, dándose un último retoque en el pelo.
Todo estaba reluciente. Había pasado el día anterior limpiando hasta el último rincón del apartamento en East LA, el mismo que había heredado de su abuela, un lugar con ventanas amplias que daban a la placita. La mesa ya estaba puesta, las fuentes de ensalada de nopales y los frijoles charros esperaban bajo papel film en el refrigerador, y en el horno se terminaba de dorar un pollo al pastor. Sabía a gloria.
El timbre sonó sin previo aviso. La puerta se abrió de golpe y entró doña Carmen, la suegra, con un juego de llaves en la mano, como si aquella casa fuera una extensión de la suya. Cargaba una bolsa con tamales caseros y miró la entrada con ojo de inspectora.
—Ajá, conque hoy celebramos, ¿no? —saludó, secándose los pies en el tapete con gesto crítico—. Mariana, mija, ¿otra vez vas a servir esas cosas raras que inventas? A ver si esta vez le pusiste sal, que la vez pasada parecía cartón.
—Mamá, por favor —la cortó Alejandro, pasándole un brazo a Mariana—. Todo está delicioso, yo mismo lo probé.
—Tú siempre le ves el lado bonito —soltó la suegra, entrando a la cocina con paso firme. Levantó las tapas de las ollas, frunció la nariz y murmuró algo sobre el exceso de chile y la carne un poco seca.
Mariana respiró hondo. No iba a discutir en su propio cumpleaños. Dejó que doña Carmen siguiera su inspección y se fue a recibir a sus padres, don Pablo y doña Rosa, que acababan de estacionar el carro y subían cargados con flores de cempasúchil y un pastel de tres leches.
—¡Felicidades, mi reina! —la abrazó su mamá, casi tumbándola—. Treinta y cinco no es nada. Ahora es cuando empieza lo bueno.
—Gracias, mamá —sonrió Mariana, sintiendo el calorcito que solo los padres dan. Su mamá le dio un abrazo extra, y al apartarse le guiñó un ojo hacia la sala—. La abuela estaría orgullosa de cómo tienes su casa. Siempre tan impecable.
En poco tiempo, el apartamento se llenó de voces. Llegaron sus primos desde Santa Ana, dos compañeros del trabajo de Alejandro, las amigas de Mariana del gimnasio. El ruido de los vasos chocando y las risas rebotaba por las paredes color terracota. Mariana se movía entre la gente, ofreciendo bebidas y asegurándose de que nadie se quedara con hambre.
Pero algo le incomodaba. Alejandro no se despegaba de doña Carmen. Se miraban, se guiñaban, se pasaban susurros. La suegra se llevaba la mano a la boca para ocultar una risita de conspiradora. Mariana lo veía desde la mesa, mientras trinchaba el pollo, y una alarma minúscula se encendió en su pecho.
Cuando todos estaban servidos, Alejandro se levantó y pidió silencio con un tintineo en su copa.
—Queridos invitados —anunció, con un brillo de orgullo mal disimulado—. La cumpleañera, mi queridísima esposa, merece algo especial. He pensado mucho en qué regalarle, y al fin encontré algo que le va a cambiar la vida. ¡Algo que de verdad le va a facilitar el día a día!
La sala estalló en murmullos de emoción. Doña Carmen aplaudió despacito, como si supiera más que nadie. Mariana sintió que el estómago se le encogía un poco, pero se dijo a sí misma que era una tontería.
Alejandro salió al pasillo y regresó cargando una caja enorme. El cartón era brillante, con la foto de un lavavajillas de acero inoxidable y el logotipo de una marca de electrodomésticos de lujo. Forcejeó para meterla por la puerta y la dejó en medio de la sala, apoyada contra la pared.
—¡Guau! —exclamó la prima de Mariana, llevándose las manos a la cara—. ¡Eso sí que es un regalo!
—¡Bien hecho, compadre! —soltó don Pablo, palmeando la espalda de Alejandro.
Doña Carmen se alisó la blusa y dijo, con voz melosa:
—Ahora sí, Mariana, vas a tener la cocina como Dios manda. Limpiecita por fin.
Mariana la miró. No era un comentario amable. Era un dardo. Pero todos reían, y Alejandro se veía tan lleno de sí mismo que ella misma dudó. Se acercó a la caja, quiso abrir una de las solapas, pero su esposo la detuvo agarrándole la muñeca.
—Mejor luego, mi amor —dijo él, nervioso—. Esta máquina viene con un montón de instrucciones. Hay que conectar un chorro de cables. ¡Que no se interrumpa la celebración! Sigamos brindando.
Los invitados rieron y levantaron las copas otra vez. La caja se quedó arrinconada, muda, como una presencia que estorbaba y fascinaba a partes iguales. Mariana volvió a su silla con una sensación pegajosa bajo la piel.
La fiesta acabó pasada la medianoche. Los padres de Mariana se fueron con abrazos cálidos y la promesa de verse el domingo siguiente. Cuando la puerta se cerró, Alejandro ya estaba bostezando y metiendo platos sucios en la cocina con cierta prisa.
—Ay, qué cansancio —se quejó, estirando los brazos—. ¿Abrimos la caja mañana, sí? Ya es muy tarde y mañana tengo que ir temprano a lo de mi mamá.
—¿A lo de tu mamá? —preguntó Mariana, pero él ya se había ido al baño.
Ella se quedó mirando la caja. No le gustaba el misterio. Pero se fue a la cama con esa inquietud dándole vueltas, y durmió mal, dando tumbos entre sueños cortados.
Al amanecer, con la primera luz gris del día que entraba por la ventana, Mariana se despertó de golpe. Alejandro roncaba a su lado, feliz e inconsciente. Sin hacer ruido, ella se levantó, se puso la bata y fue derechito a la sala, descalza sobre el suelo frío.
La caja seguía allí, imponente. Se acuclilló frente a ella, armó valor y tomó un cuchillo de la cocina. Cortó la cinta adhesiva con cuidado, abrió las solapas. Retiró una capa de espuma, luego el papel de embalaje. Dentro no había más que… aire. Nada. Cartón vacío. Ni un tornillo, ni una manguera, ni un manual de instrucciones.
El corazón le dio un vuelco y luego otro. Hundió las manos hasta el fondo, arañó las paredes interiores. Vacío. Soltó el cuchillo y se quedó sentada en el piso, con la caja abierta delante, sin entender nada.
—¿Mariana? ¿Qué haces despierta tan temprano? —la voz de Alejandro sonó desde la puerta del dormitorio. Se acercó despeinado, rascándose la barriga—. ¿Ya viste el regalo? ¿Qué te pareció?
Ella levantó la cabeza. La sangre le hervía.
—Alejandro, aquí no hay nada. No hay lavavajillas. Solo una caja vacía.
—Ah, sí… —dijo él, y por un segundo se rascó la nuca, el gesto inseguro de quien se sabe descubierto—. Es que la máquina se la llevó mi mamá hace unos días, porque la suya ya no servía. Pero la caja está bien bonita, ¿no? Se veía tan impresionante anoche. Todos pensaron que te había comprado un súper electrodoméstico. ¡Qué buena cara pusieron!
Mariana sintió que el mundo se le desmoronaba. No era posible. No podía ser.
—Me estás diciendo —pronunció, vocalizando cada palabra— que compraste un lavavajillas con nuestro dinero, se lo diste a tu madre y a mí me regalaste la caja vacía… ¿para que los invitados creyeran que somos ricos?
—Bueno, no lo pongas así. Es un detalle muy ingenioso. Además, tú no necesitas realmente un lavavajillas, mi amor. Tú friegas rapidísimo y ya estás acostumbrada. Mi mamá, en cambio, tiene artritis y le cuesta mucho. Yo pensé que lo entenderías.
—¿Y me lo dices ahora? ¿Lo planeaste con ella?
—Claro, ella me ayudó a elegir el modelo. Está feliz. Ya lo instalaron y lava que es un primor.
Mariana se levantó despacio, usando la pared como apoyo. La rabia se mezclaba con una tristeza tan honda que casi no le dejaba respirar. Agarró el teléfono y marcó el número de doña Carmen.
—¿Bueno? —contestó la suegra con tono alegre—. ¡Mariana! ¿Ya viste la cajota que mi hijo te llevó? ¡Qué elegante se vio todo!
—Doña Carmen, ¿usted sabía que su hijo me iba a dar una caja vacía por mi cumpleaños?
—Ay, mija, por supuesto. Qué detalle tan original, ¿eh? Mi Alejandro es muy creativo. Y la máquina es un amor, ya la estrené. Gracias a ti, que pagaste la mitad sin saberlo. Pero no te preocupes, que con tus brazos jóvenes puedes seguir fregando. ¡Es un buen ejercicio, dicen!
Mariana colgó sin despedirse. La suegra había hablado como si le estuviera haciendo un favor.
Volvió a la sala. Alejandro seguía allí, despreocupado, abriendo el refrigerador para servirse un vaso de leche.
—Alejandro, recoge tus cosas —dijo ella con una calma que ni ella misma reconocía—. Te vas ahora mismo.
—¿Cómo? ¿Por un simple lavavajillas?
—No. Porque durante años he sido la última en esta casa. Porque tú y tu madre se han burlado de mí en mi propia cara, en mi cumpleaños. Porque me regalaste basura con la intención de humillarme delante de mi familia.
—Estás exagerando —se rió él, nervioso, pero la risa se le apagó al verle la mirada—. Solo fue una broma.
—Broma es cuando los dos se ríen. Esto fue una traición.
Él intentó acercarse, pero ella levantó una mano. Luego fue al dormitorio, sacó una maleta grande y empezó a llenarla con las pertenencias de él. Camisas, pantalones, zapatos. Lo hizo en silencio, con una certeza que dolía pero que también aliviaba.
Cuando la maleta estuvo cerrada, la arrastró hasta la puerta y la dejó allí.
—Esto es ridículo —protestó Alejandro, pero ya no sonaba tan seguro—. Este apartamento está a mi nombre también.
—Está a mi nombre desde antes de casarnos. Lo heredé de mi abuela. Tú simplemente vivías aquí. Ahora ya no. Puedes quedarte con tu madre, que tiene un lavavajillas nuevo. Hagan buena pareja.
Alejandro la miró, buscando una rendija por donde colarse. Pero ella estaba firme, apoyada en el marco de la puerta, con la mirada seca.
Recogió lo poco que faltaba, agarró las llaves de la casa y las puso sobre la mesita de la entrada sin que ella se lo pidiera. Salió dando un portazo que retumbó en toda la escalera.
Mariana se quedó un rato en silencio, respirando el aire que ahora le parecía más ligero. Luego llamó a un servicio de recogida de basura grande. En media hora, dos muchachos se llevaron la caja vacía escaleras abajo. El último pedazo de cartón desapareció por la puerta como si nunca hubiera estado allí.
Esa tarde, después de hablar con sus padres y sentir su alivio al otro lado del teléfono, se sentó frente a la computadora con una taza de café recién hecho. Entró en el sitio de una tienda de electrodomésticos y seleccionó el mismo modelo que Alejandro había regalado a su madre, solo que en un color más bonito. Lo pagó de un golpe, con la tarjeta de ahorros que habían estado reservando para un viaje que nunca hicieron juntos.
Con el resto del dinero, reservó un vuelo redondo a Cancún, para una sola persona. Un fin de semana largo, solo para ella, frente al mar.
Hizo clic en «confirmar compra». La pantalla mostró la reserva confirmada y ella dejó escapar una sonrisa lenta, mientras se recostaba en la silla con la taza humeante entre las manos.






