Todavía recuerdo el ruido de la llave de Diego al girar en la cerradura aquella noche. No era el sonido de siempre, el de alguien que vuelve a casa después del trabajo en la clínica dental de Coral Gables. Era seco, definitivo. Como un punto final.
— Tenemos que hablar, Carmen —dijo, y ni siquiera se quitó los zapatos.
Llevábamos quince años casados. Nos habíamos mudado de San Juan a Miami juntos, habíamos levantado este hogar ladrillo a ladrillo, habíamos visto a nuestra Valeria graduarse de la escuela y entrar en la Universidad de la Florida. Quince años. Y ahí estaba él, de pie en la sala, diciéndome que se había enamorado de su higienista dental, una muchacha de veintiséis años con las uñas de gel y una risa de anuncio de blanqueador.
— Ya está decidido —dijo, y yo sentí que el suelo se abría bajo mis pies.
Lo que vino después fue una niebla espesa. Los abogados. La firma de papeles en la oficina de la calle Flagler. La venta de la casa en Kendall. La decisión de irme a Orlando, donde vivía mi hermana Marisol, donde al menos alguien me esperaba con un abrazo y una taza de café caliente. Me compré un condominio pequeño en Thornton Park, con ventanas que daban a un lago. Era bonito. Pero estaba vacío.
La única decisión que me rompió por dentro fue la del gato.
Fabio había llegado a nosotros un domingo lluvioso de hacía cuatro años. Mi hija lo encontró en el estacionamiento del Publix, metido en una caja de cartón, flaco y negro como un carbón mojado, con dos ojos amarillos que parecían faros en la oscuridad. No medía más que la palma de una mano. Desde ese día, Fabio fue el rey de la casa. Dormía en mi almohada por las noches. Me esperaba en la puerta cuando volvía del trabajo. Si yo me sentaba a leer, él se instalaba en mi regazo y ronroneaba con la intensidad de un motor fuera de borda.
Diego también lo quería. O al menos eso decía. Cuando llegó el momento de partir, se agachó, lo levantó en brazos y Fabio se ovilló contra su pecho como si nada.
— Llévatelo tú —me dijo Diego—. Pero una mudanza larga, un lugar nuevo… para un gato es un estrés terrible. Aquí ya conoce todo.
No sé por qué accedí. Quizás porque estaba tan agotada que no me quedaban fuerzas ni para discutir. Quizás porque vi a Fabio lamer la mano de Diego y pensé que el gato lo había elegido a él. Agarré mis dos maletas, dejé su lata de comida favorita sobre la encimera, y me fui sin mirar atrás. Lo último que vi fue a Fabio sentado en el alféizar de la ventana, siguiéndome con la mirada.
Tres meses. Tres meses en Orlando, pintando paredes color crema, colgando cuadros, tratando de no pensar. Pero cada noche, cuando metía la llave en la puerta de mi condominio nuevo, había un silencio que me taladraba el cráneo. Nada arañaba del otro lado. Nadie maullaba pidiendo cena. Mi mano seguía buscando un bulto caliente sobre la almohada a las tres de la madrugada.
Una tarde de jueves sonó el teléfono. Era Valeria.
— Mami, hablé con papá. Dice que Fabio se escapó hace como un mes.
Se me paró el corazón.
— ¿Cómo que se escapó?
— Pues eso, que un día salió por la puerta del patio y ya no volvió. Dice que lo buscó, pero nada.
Colgué y me senté en el suelo del pasillo. Ahí mismo, con la espalda contra la pared recién pintada. Me quedé media hora inmóvil, viendo las motas de polvo bailar en la luz. Luego abrí la aplicación del banco, compré un pasaje y pedí el viernes libre en la oficina.
A las ocho de la mañana del sábado estaba tocando el timbre de la nueva casa de Diego, en una urbanización de Doral con palmeras enanas y césped perfectamente cortado. Abrió ella. La higienista. Llevaba una bata de seda y el pelo recogido en un moño alto.
— ¿Sí?
Detrás apareció Diego, en camiseta y con cara de no haber tomado café todavía.
— Carmen, ¿qué haces aquí?
— ¿Cuándo se escapó Fabio?
Diego parpadeó.
— Hará… cinco semanas. Más o menos.
— ¿Y cómo fue?
— Pues se escapó —dijo ella, adelantándose—. Los gatos se escapan. No es tan raro.
Respiré hondo.
— Fabio es un gato de interior. Nunca había salido solo. ¿Lo sacaste tú? —le pregunté a Diego, sin prestarle atención a ella.
— Se habrá colado por la puerta del jardín cuando estábamos entrando las compras —respondió, incómodo—. Lo llamé varias veces, salí a buscarlo… No apareció. Lo siento. Ya ha llovido mucho desde entonces.
— Si lo ves, llámame —dije—. Mi número no ha cambiado.
— Claro —respondió sin mucha convicción.
La higienista soltó un suspiro ruidoso y cerró la puerta antes de que yo terminara de darme la vuelta.
No sé exactamente qué impulso me llevó a manejar hasta Kendall, hasta nuestro antiguo vecindario. Tal vez la idea de que los gatos, cuando se pierden, a veces regresan al último lugar donde fueron felices. Aparqué frente al viejo edificio de dos plantas donde habíamos vivido diez años, junto a la buganvilla que yo misma había plantado. Me bajé del auto y me quedé ahí, en la acera, sintiéndome estúpida.
Entonces lo vi.
Don Ramiro, el vecino de la planta baja, un cubano de ochenta y pico años que siempre estaba sentado en su portal tomando café y escuchando la radio, me hizo una seña con la mano.
— ¡Carmencita! ¡Pero mira que eres tú! ¿Qué haces por aquí?
Me acerqué. Don Ramiro se levantó trabajosamente de su sillón de mimbre.
— ¿Y Diego? ¿Está bien todo?
— Nos divorciamos, don Ramiro. Yo me mudé a Orlando.
— Ay, mija. Lo siento. Pero mira —dijo, bajando la voz, como si compartiera un secreto de estado—, tu gato lleva semanas rondando por aquí.
Sentí un vuelco en el pecho.
— ¿El gato negro?
— Negro como un apagón. Lo he visto tres o cuatro veces, siempre al anochecer. Se esconde detrás del contenedor del callejón. Lo he llamado, pero sale corriendo. Está muy flaco, muy sucio. Parece un trapo viejo.
No esperé ni un segundo más. Empecé a caminar a lo largo de los apartamentos, llamándolo en ese tono ridículo que usamos con los animales, ese que haría que cualquier adulto se muriera de vergüenza si lo escucharan.
— ¡Fabio, Fabiecito, ven! ¡Soy yo, mami!
Nada. Recorrí los arbustos junto a la piscina vacía, me agaché a mirar debajo de los autos estacionados, revisé el cuartito de la basura. Nada. Pasé más de una hora así, con el sol de Miami pegándome en la nuca y la garganta seca.
Me senté en el bordillo de la acera, vencida. Y entonces lloré. Lloré por el gato, lloré por los quince años tirados a la basura, lloré por la muchacha de las uñas de gel y por el silencio de mi condominio nuevo. Lloré con la cara entre las manos, sin importarme quién me viera.
— Vamos, Fabio —murmuré—. Perdóname. Perdóname por haberte dejado con él.
Y entonces oí un ruido.
No un maullido. Algo más leve. Un rasguño metálico. Levanté la cabeza y miré hacia el callejón. Junto al contenedor azul de reciclaje, medio oculto detrás de una tubería de desagüe, había un bulto oscuro. Tan quieto que casi se confundía con una bolsa de basura. Pero dos puntos amarillos brillaron en la penumbra.
— ¿Fabio?
El bulto se movió. Dio un paso vacilante hacia adelante, luego otro. Estaba en los huesos, el pelo apelmazado en mechones mugrientos, una oreja medio doblada y una pata trasera que cojeaba ligeramente. Irreconocible. Pero esos ojos… esos ojos eran los mismos faros encendidos de siempre.
— Fabiecito…
El gato atravesó el callejón como pudo, casi arrastrándose, y se estrelló contra mis tobillos. Se restregó contra mis pantalones, levantó la cabecita y soltó un maullido ronco que parecía un llanto. Lo alcé en brazos y él se aferró a mi blusa con las uñas, clavándolas tan hondo que me hizo daño, y pegó el hocico a mi cuello. Empezó a ronronear. Un ronroneo áspero, entrecortado, como una radio mal sintonizada.
— Te traicionaron —le susurré al oído—. A ti también te traicionó.
Me quedé tres días más en Miami, durmiendo en el sofá de mi antigua compañera de trabajo, Cecilia. Llevé a Fabio al veterinario, que me recetó antibióticos y una dieta blanda. Lo bañé tres veces en el lavadero de Cecilia hasta que el agua dejó de salir gris. Le compré un transportín nuevo, azul, con una mantita dentro.
El martes tomamos la carretera hacia Orlando. Paré en el primer área de descanso del Turnpike, junto a Fort Pierce, para comprar un café y un sándwich. Cuando volví al auto, Fabio estaba despierto, mirando por la ventanilla con la cabeza ladeada, como si estudiara el nuevo paisaje de palmeras y cielos planos.
— ¿Ves? Esto ya es nuestro —le dije, arrancando el motor.
Me instalé en mi rutina de siempre, pero ahora con él. Fabio se recuperó rápido. Le volvió el brillo al pelo, se le curó la oreja, engordó un poco. Dormía otra vez en mi almohada. Y yo empecé a respirar mejor.
Un mes después, una tarde de sábado, el fregadero de la cocina decidió rebelarse. Llamé a un plomero que me recomendó la administradora del condominio y a las diez de la mañana del lunes sonó el timbre. Abrí la puerta y ahí estaba él. Cincuenta y tantos, brazos fuertes, un overol azul con el nombre «Máximo» bordado en el bolsillo y una sonrisa que le arrugaba las comisuras de los ojos.
— ¿La señora del fregadero? —dijo, y su voz tenía un timbre grave, de locutor de radio antigua.
— La misma. Pase.
Mientras él se metía debajo de la tarja a forcejear con una tubería, Fabio entró a la cocina y se sentó a observarlo. Quieto, solemne, como un crítico de teatro en primera fila.
— Bonito gato —dijo Máximo desde el suelo, con una llave inglesa en la mano—. ¿Cómo se llama?
— Fabio.
— Hola, Fabio —saludó, y el gato pestañeó lentamente.
Cuando terminó el trabajo, le ofrecí un café. Nos sentamos en el balconcito que daba al lago. Máximo me contó que era viudo, que tenía un hijo que estaba estudiando ingeniería en Gainesville, que le gustaba la pesca y que hacía años que nadie le ofrecía un café después de un arreglo. Yo le conté lo de Diego, lo de la mudanza, lo de la tarde en el callejón con Fabio agarrado a mi blusa.
— Ese gato te salvó —dijo él, removiendo el azúcar.
Lo miré sin entender.
— Te hizo volver —explicó—. Te hizo enfrentarlo. Y luego te trajo hasta aquí.
Me quedé callada. Fabio saltó a la mesa y se restregó contra el brazo de Máximo.
— ¿Ves? —dijo él, rascándole la cabeza—. Hasta el gato vota por mí.
Me reí. Una risa que me salió del estómago, de esas que duelen un poco porque hacía siglos que no las soltaba.
Seis meses después, Máximo trajo sus cajas de pesca, sus discos de vinilo y su cafetera espresso italiana al condominio del lago. No fue una gran mudanza. Fue un domingo cualquiera, con Fabio supervisando la operación subido al transportín azul que habíamos guardado en el armario.
Esa noche, mientras Máximo dormía en el que ahora era su lado de la cama, Fabio se instaló en sus piernas, hecho un ovillo negro, y encendió el motor de su ronroneo.
No movió ni una pata hasta la mañana siguiente.






