Los lamentos en la noche

Marisol ya iba por su cuarta taza de café con leche en la cocina de su hermana Elena. Llevaba nueve noches sin pegar ojo, y los últimos cuatro días no podía sacarse de la cabeza una frase que su esposo le soltó en el pasillo de la corte del condado de Miami-Dade: “Al perro no te lo llevas”.

Elena estaba sentada frente a ella, tejiendo un gorrito para el nieto que esperaba su hija menor. Las agujas de metal sonaban quedito, un tictac suave como de reloj viejo.

—Acuéstate ya —dijo por fin—. Tienes cara de muerta.

—No me da sueño, Ele.

—Pues no pienses.

—Cómo no voy a pensar.

Elena dejó las agujas sobre el mantel de hule y miró a su hermana por encima de los lentes de lectura.

—Pues así. Que se ahogue tu ex. Y que se ahogue con el perro. Tú estás viva, estás aquí conmigo. Vive.

Marisol asintió. Apretó la taza con las dos manos. Afuera era de noche, una noche pegajosa de octubre en Hialeah, con las palmeras crujiendo por el ventarrón y algún auto pasando de vez en cuando con el reguetón a todo volumen.

Ella no lloraba. No había llorado en la corte, ni cuando Esteban le confesó lo de Valeria tres meses atrás, con una calma de oficina pública. Ni cuando armó dos maletas y dejó las llaves sobre la consola del recibidor. Todo adentro lo tenía liso, plano, como estacionamiento recién pavimentado.

Pero esa frase. Lo del perro.

Eso sí le atravesó el pecho.

Porque en tres palabras cabía una maldad tan gratuita que no supo qué responder. Solo agarró el bolso y caminó hacia la salida. Detrás de ella, Esteban seguía hablando con su abogada, una tal Jennifer, vocalizando clarito como si estuvieran discutiendo la división de un lote en Hialeah Gardens.

A Rufo lo recogió siete años atrás en un arcén de la I-95, a la altura de Fort Pierce. Volvían de visitar a la suegra en Orlando. Esteban manejaba, ella miraba por la ventana. Y de pronto, en la cuneta, sobre la gravilla ardiente, una caja de cartón de las que usan para los envíos de Amazon. De la caja asomaba apenas una cabeza diminuta.

—Para.

—Mari, ¿pero qué haces?

—Que pares te digo.

Paró. Ella se bajó. Caía una llovizna finita, de verano. Dentro de la caja, sobre una toalla vieja y apestosa, había un cachorro color canela con la nariz rosada, del tamaño de un mango. Solito. Empapado hasta los huesos.

Lo subió al auto envuelto en su pañuelo de seda. Esteban miraba y sonreía de medio lado.

—Es tu perro, no mío. Ojo.

—Mío —dijo ella.

En casa lo crió con tetero y leche tibia cada tres horas, con alarma de celular. La primera semana el cachorro ni abría los ojos, solo gemía y buscaba la palma de su mano con el hocico. Marisol puso la caja en un rincón de la cocina, sobre una cobija de polar, y la cambiaba dos veces al día. La vecina, una enfermera jubilada que se llamaba Doña Carmen, vino a verlo y le recomendó leche de cabra con una cucharadita de miel. Funcionó.

Dormía en el sofá de la cocina para escuchar si el animalito se quejaba. Elena, cuando se enteró, le dijo por teléfono:

—Tú pariste otra vez, Mari. Pero a los cuarenta y siete.

Y Marisol se reía. De verdad se sentía bien.

Rufo creció grande, lanudo, con unos ojos inteligentes color caramelo oscuro. Dormía al lado de su cama, siempre del lado de ella. Esteban pasaba rezongando, pero de vez en cuando, a escondidas, le rascaba detrás de la oreja. El tetero todavía estaba guardado en el botiquín del baño, en una bolsita ziploc. Nunca lo había botado.

Los nueve días en casa de su hermana pasaron como entre neblina. Marisol ayudaba con las matas del patio, podaba los crotos y las buganvilias. Iba al supermercado Sedano’s en la esquina. Le daba de comer a la gata siamesa del vecino.

Y todo el tiempo pensaba.

Pensaba en Rufo. Cómo estaría. Si comería. Si Esteban sabría que había que ponerle el alimento a las siete y cuarto en punto. Si sabría que Rufo le tenía pavor a los truenos y se metía debajo de la cama apenas tronaba. Que la zanahoria de peluche, toda deshilachada, llevaba siete años paseándose por la casa y sin ella el perro no se acostaba.

No llamó. El orgullo le apretaba el pecho como un cincho de hierro.

Elena no preguntaba. Servía café. Se quedaba callada. De repente, mientras tendía ropa o fregaba una olla, soltaba:

—Al carajo con él, Mari.

—Lo sé.

—Lo sabes pero la cara no te mejora.

—Ya pasará.

Lo de Valeria se enteró en marzo, por pura casualidad. La esposa de un compañero de trabajo de Esteban la vio en la fila del Publix y se puso nerviosa, empezó a cambiar el tema. Marisol lo entendió en un segundo. Llegó a la casa, puso agua a hervir, se sentó. No armó escándalo. Esa misma noche, durante la cena, le preguntó de frente. Esteban se quedó callado un rato largo. Luego asintió. Dijo: “Perdóname”. Y ya. Todo lo que fueron diecinueve años de matrimonio se acabó con ese “perdóname”.

Ella aceptó todo. El apartamento estaba a nombre de él, el carro a nombre de él, la casa de verano en los Cayos a nombre de la mamá de él. Ella se iba con dos maletas y Rufo. Lo del perro ni lo discutieron. Eso estaba claro sin necesidad de palabras.

Y en la corte, en el pasillo, cuando ya todo estaba firmado, Esteban se le paró al lado y dijo bajito:

—Al perro no te lo llevas.

—Esteban.

—Que no. El seguro y el chip están a mi nombre. A ver cómo le haces.

Ella lo miró. Él miraba hacia otro lado, hacia un cartel de “No Fumar” pegado en la pared. Y entonces entendió: él quería hacer daño. No porque quisiera al perro. Sino porque ella aceptó todo demasiado fácil. Y esa liviandad no se la perdonaba.

Rufo se lo llevó Esteban ese mismo día.

Al noveno día llamó Doña Carmen, la vecina de al lado. Marisol miró la pantalla del celular un buen rato antes de contestar.

—Marisol, mi vida, ¿estás sentada?

—Parada, Carmen.

—Siéntate mejor. Aquí están pasando cosas, tú no lo vas a creer.

Marisol se sentó en un taburete junto al ventanal. Elena, sin dejar de tejer, giró un poco la cabeza.

—Óyeme bien. Tres noches seguidas de ese apartamento salía un aullido. De lobo. Tu perro. Los de arriba ya hasta llamaron a la policía.

—Ajá.

—La muchacha esa, Valeria, se fue. El miércoles la vi yo misma salir del edificio con una maleta. Y detrás de la puerta solo se oyen lloriqueos. Finos, como de criaturita.

—¿Y Esteban?

—Ay, Mari, no sé. Le toqué la puerta. No contesta. Y el perro callado, solo gime.

Marisol puso el teléfono sobre la mesa. Miró a su hermana. Elena bajó las agujas y le devolvió la mirada.

—No le llames —dijo Elena—. Óyeme. No le llames.

—Ni pensarlo.

—Que se joda.

De verdad no pensaba hacerlo. Ni esa noche, ni en la madrugada, cuando la angustia le apretaba la garganta y le pedía el cuerpo marcar. Agarró el teléfono, lo soltó. Lo agarró, lo volvió a soltar. Así hasta las tres de la mañana.

No llamó.

A la mañana siguiente, en el décimo día, llamó él.

Marisol estaba lavando unos plátanos maduros en el fregadero. El celular vibró sobre la encimera de granito. Se secó las manos y atendió.

—¿Diga?

—Mari.

La voz le sonó ajena. Ronca, como si llevara tres días sin beber agua. Y de fondo, muy lejos, algo gemía bajito. Como un cachorro recién nacido.

—Mari. Te lo ruego.

—¿Qué pasó?

Esteban se quedó callado un buen rato. Luego rompió en llanto. Quedito, con vergüenza, como lloran los hombres que nunca se lo permitieron.

—No puede estar sin ti, Mari. La veterinaria dice que es depresión. Cinco días sin comer. Tres sin tomar agua. Está tirado en la entrada. Justo en la alfombrita donde dejabas los tacones.

—Ajá.

—Valeria se fue. Mari, el perro no me reconoce. Me mira y voltea la cara. Mari, ven por favor.

Marisol estaba de pie junto a la ventana. Miraba el jardincito del frente, donde Elena cortaba gajos de albahaca con la tijera de cocina. Adentro todo seguía liso. Tranquilo. Ni rabia ni lástima. Solo un pensamiento, limpio como el agua del grifo: Rufo la estaba esperando.

—Voy para allá.

Y colgó.

Elena ya estaba en el marco de la puerta. La miró. Sin decir nada fue al cuarto. Regresó con la llave de su carro.

—Ten —dijo—. El mío está más nuevo. Y tiene el tanque lleno.

—Elena.

—Vete ya. Y te lo traes de vuelta, al Rufo. Yo compro un plato nuevo. De cerámica, de los buenos.

Marisol abrazó a su hermana. Primera vez en nueve días. Y lloró. También primera vez. Despacito, contra el hombro de su hermana.

—Ya —dijo Elena palmeándole la espalda—. Ya.

Manejó rápìdo. Los pocos semáforos en rojo se le hacían eternos. Al entrar a su barrio, lo sintió ajeno. La palmera torcida del estacionamiento seguía ahí, pero ya no era la suya. Los bancos de cemento donde los viejos se sentaban a tomar fresco estaban vacíos.

Abrió Esteban. Envejecido, barba canosa de varios días, una camiseta vieja con el logo de Publix. Olía a encierro y a cigarro apagado. Se hizo a un lado sin decir nada.

El apartamento estaba sofocante. Una lámpara de pie encendida en pleno mediodía. Olor a algo olvidado en el sartén.

Rufo estaba tirado en la entrada.

Justo en la alfombrita de fibra de coco donde ella se quitaba los zapatos. Al sentir sus pasos levantó la cabeza despacio, con un esfuerzo enorme. Las orejas se le abrieron como dos antenas.

Ella se puso en cuclillas. No lo llamó. No dijo nada. Solo se arrodilló en el suelo frío de la entrada.

Él la miró. La cola se movió una vez. Luego otra. Despacio, tambaleándose, se puso en las cuatro patas. Caminó hacia ella y le apoyó el hocico húmedo y caliente en la sandalia.

Marisol lo abrazó. Hundió la cara en el pelaje lanudo. El perro temblaba entero.

—Hola, Rufo —dijo bajito—. Ya estoy aquí, mi amor.

Esteban estaba detrás. Decía algo. Algo sobre “dame otra oportunidad, Marisol, yo voy a cambiar, yo te juro”. Ella no volteaba. No lo escuchaba.

—La correa —dijo sin darse la vuelta.

—Donde siempre, en el perchero.

—El plato.

—En la cocina.

—Tráeme la zanahoria.

Él fue a la cocina. Tardó un rato. Regresó con el peluche deshilachado, con un hilo suelto en la punta. Ella lo tomó. Enganchó la correa. Rufo se levantó. La cola se movió más fuerte.

Salió al pasillo. Esteban se quedó en la puerta.

—Mari.

Ella volteó. Lo miró. Primera vez en nueve días que lo miraba directo a los ojos. No dijo nada. Simplemente cerró la puerta. Despacio. Sin un golpe.

En el carro Rufo se sentó en el asiento del copiloto y le apoyó la cabeza en el muslo. Estaba liviano, demasiado liviano, como si le hubieran sacado la mitad por dentro. Ella le acarició entre las orejas.

—A casa —dijo.

Paró en un pollo a la brasa a la salida de Hialeah. Compró un cuarto de pollo caliente, envuelto en papel aluminio. Lo abrió con las manos en el estacionamiento, de pie junto a la puerta del carro. Rufo comió lento al principio, luego más rápido, luego con desesperación. Ella estaba a su lado, le acariciaba el lomo y lloraba. Por primera vez en todo ese tiempo lloraba no de tristeza sino de alivio. Las lágrimas le corrían por la cara y no se las secaba.

Pasaban carros. Alguien miró, alguien no. Una mujer ya entrada en años, al lado de un Honda blanco, con un perro lanudo, despedazando pollo con las manos en una tarde de otoño.

Nada del otro mundo. Cosas que pasan.

A casa de Elena llegaron cuando ya estaba oscuro. Su hermana salió al porche con los pelos recogidos en una redecilla y un chal cruzado sobre los hombros.

—Ya —dijo—. Pasen, pasen.

Rufo olfateó el porche. Subió los escalones con cuidado. Elena se agachó y le dio un pedacito de jamón. Él lo tomó. Despacito, con educación, como se toma algo valioso.

Elena trajo una manta vieja, la dobló junto a la cama. Rufo la olfateó, dio dos vueltas, se echó. Soltó un suspiro pesado. Como si exhalara no una noche sino todos los nueve días sin Marisol.

Ella se sentó en el suelo a su lado. Le acariciaba la espalda. Estaba caliente. Vivo. Ya había comido, ya había bebido. La zanahoria de peluche la puso bajo su hocico y él le puso una pata encima, como siempre.

Y ya tarde, cuando Rufo dormía a los pies de la cama respirando hondo, tranquilo por primera vez en doce días, vibró el celular. En la pantalla se encendió un nombre conocido.

Marisol miró el teléfono. Lo miró un rato largo. Contó hasta diez.

Luego tocó el botón rojo.

Puso el teléfono boca abajo sobre la mesa de noche. Se acostó. Afuera crujían las palmas, bailaba la buganvilia contra la ventana. Todo seguía igual. Y a la vez nada era igual. Rufo, en sueños, movía las patitas. Perseguía a alguien. O, tal vez, corría de regreso a casa.

Usted, ¿habría vuelto con alguien que le arrebató lo que más quería solo para hacerle daño, y luego llamó llorando? ¿O también habría colgado?

Oceń artykuł
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