El Loco de los Gatos

En el vecindario de Hialeah, justo al lado de la Cuban Sandwich Shop, se sentaban cada tarde las tres brujas. Así las llamábamos en el barrio, aunque ellas preferían autodenominarse “las decanas de la comunidad”. Eran el filtro migratorio, el periódico amarillista y la inquisición, todo en uno. Y su blanco favorito era el nuevo vecino del primer piso, un tipo al que apodaron “San Francisco de Asís” con un desprecio que se podía cortar con cuchillo.

El hombre, de unos cuarenta y largos, se llamaba Emilio y tenía toda la pinta de ser un veterano. No de esos que cuentan hazañas en el Domino Park, sino de los silenciosos. De los que miran al horizonte aunque tengan delante una pared. Había comprado el apartamento barato porque la dueña anterior se había muerto dentro y nadie lo quería. A Emilio no le importó. Se mudó un martes cualquiera con una mochila militar y una caja de herramientas. Y con un secreto que cargaba como un morral de plomo: había perdido a su esposa y a su hija pequeña cinco años atrás, en un choque múltiple en la I-95, regresando de Disney. El perro, un golden retriever que era la niñera de la niña, también murió en el asiento trasero. Desde entonces, Emilio no hablaba de su pasado. Pero tenía una manía que exasperaba a las brujas.

Alimentaba a todo bicho viviente.

Salía de su apartamento a las seis de la mañana con una mochila cargada de bolsitas de Friskies y Pedigree. Calle 49, rumbo a la farmacia Navarro, se paraba a darle a Don Gato, un siamés tuerto que era el verdadero dueño de la cuadra. Luego, en el solar baldío donde solían quemar basura, vivía una jauría de perros sarnosos que Emilio llamaba “los muchachos”. Les dejaba agua limpia y croquetas.

Las brujas lo observaban desde sus sillas de plástico blanco, meneando la cabeza.

—Mira, ahí va el estúpido ese —decía Mirta, la más venenosa, pintándose los labios de rojo furioso—. Las croquetas le cuestan más que su propia comida. Por eso está flaco como un fideo.

—Tiene el diablo metido —sentenciaba Doña Chayo, que era la mayor y cargaba un rosario en el bolsillo como quien carga un puñal—. Eso de preferir a los animales que a la gente no es de Dios.

Emilio no respondía nunca. Si le gritaban “¡loco!” desde la acera, él giraba la cabeza y esbozaba una sonrisa triste, casi imperceptible. Esa sonrisa las enfurecía más que un insulto. Ellas querían guerra y él les devolvía niebla.

Un día, el marido borracho de Mirta, un camionero despedido de los almacenes de la Calle Ocho, le hizo una zancadilla a Emilio a la salida del edificio. Fue una broma pesada de viernes por la noche, con seis cervezas Bud Light encima. Emilio cayó de boca desde el tercer escalón, y el chasquido del hueso se escuchó hasta el estacionamiento. Fractura expuesta de tibia. El escándalo fue tal que los vecinos llamaron a la policía; el marido de Mirta pasó la noche en el calabozo y, a la mañana siguiente, ella misma le puso las maletas en la puerta. No se le volvió a ver por el barrio.

Dos semanas en el Jackson Memorial y una placa de titanio después, Emilio regresó al apartamento con muletas y una pierna entablillada. El dolor era una pulsación constante, pero lo peor era la impotencia. No podía pararse en la cocina más de dos minutos sin marearse. La nevera estaba vacía y, sobre todo, sus amigos de la calle se quedaban sin comer. Esa noche, tumbado en el sofá, el sonido de un gato maullando en la ventana lo hizo llorar por primera vez en años.

A la mañana siguiente, un golpe en la puerta que no esperaba. Era Doña Chayo, con un plato de sopa de pollo envuelto en papel aluminio.

—No me mire así —masculló ella, entrando sin permiso y apartando una pila de periódicos viejos con la cadera—. Una es humana, antes que chismosa. Me dijo el paramédico que no tienes a nadie.

La mujer dejó el plato, vio el fregadero lleno de vasos sucios y chasqueó la lengua. En cuarenta minutos había limpiado la cocina, organizado las medicinas y puesto una olla de frijoles. Emilio, desde el sillón, la miraba sin entender nada.

—Doña Chayo… —balbuceó él cuando ella se disponía a irse.

—¿Qué quiere ahora? ¿Que le planche también?

—No. Bueno, sí. Pero no eso. Quiero pedirle un favor. El más importante.

La vieja arqueó una ceja pintada con lápiz marrón. Esperó.

—En el armario del pasillo hay una bolsa azul con comida de gato y unas latas de salchichas para los perros. ¿Usted podría…? No puedo salir, y ellos dependen de mí. Ellos no tienen la culpa de nada. Es lo único que me ayuda a… en fin.

Doña Chayo soltó un bufido tan fuerte que las cortinas se movieron.

—¿Aparte de cocinarle y limpiarle, ahora soy su empleada para animales callejeros? ¿Usted está demente?

—Es lo único que me mantiene vivo —susurró Emilio.

Se hizo un silencio pesado. Doña Chayo recordó la foto borrosa que él tenía en la mesita de noche. Una niña con orejas de Mickey Mouse, abrazando un perro dorado.

—Ay, madre santísima —rezongó, arrebatando la bolsa del armario—. Pero si las otras se enteran, le juro que le hecho sal en la puerta, San Francisco.

Desde ese día, Doña Chayo se convirtió en una agente secreta. Salía a las cinco y media de la madrugada, cuando ni los gallos cantaban, envuelta en un chal negro, y esparcía la comida en los puntos que Emilio le había marcado en un mapa dibujado en una servilleta. Luego, a las nueve, se sentaba con Mirta y la otra bruja a hablar pestes de todo el mundo, aparentando normalidad. Era una doble vida agotadora. Lo curioso era que volver a casa oliendo a perro de la calle le daba más energía que todos los chismes de la cuadra.

Pasaron dos meses. Emilio soltó las muletas y empezó a caminar con un bastón de madera, renqueando. Las brujas se burlaban del nuevo cojeo.

—Ahora sí parece lo que es —graznó Mirta—. Un inválido mental.

Doña Chayo, sin pensarlo, giró y le espetó:

—Cállate, Mirta, que no tienes ni idea. El hombre está enfermo y no tiene quien le lave los calcetines. Bastante tiene.

Las otras dos se quedaron heladas como iguanas en el frío. Doña Chayo jamás las contradecía. Algo estaba cambiando.

Una tarde de enero, con el viento frío del norte bajando por la Calle Flagler y silbando en los callejones, Emilio volvía del banco. Caminaba lento, apoyado en el bastón, cuando frente a la bodega de la esquina vio un bulto tembloroso. Era un anciano imposiblemente viejo, con una barba blanca enmarañada y un abrigo de tela fina, casi transparente, sentado en el piso de concreto. Los ojos eran de un azul tan intenso que parecía que miraban al mar Caribe en un día claro, no a una pared llena de grafitis. Unos ojos prestados por el cielo.

Emilio sintió un escalofrío. Se quitó su chaqueta acolchada, de esas de mecánico, y se la ofreció.

—Tome, señor. Vivo a la vuelta.

El anciano lo miró. No sonreía, pero su mirada era tibia.

—Acepto tu chaqueta, hijo, pero con una condición.

—Dígame.

—Tú tomas la mía. Dentro del bolsillo interior hay un papel. Es para ti. Lo traigo para ti desde hace tiempo.

Emilio dudó. No era supersticioso, pero el mar de fondo en esos ojos azules lo mareaba. Se puso el abrigo raído del mendigo y le entregó el suyo. El viejo se levantó con agilidad de bailarín y se fue doblando la esquina hacia el Callejón Ocho. Emilio intentó seguir la silueta, pero se esfumó en la neblina del atardecer como si nunca hubiera estado.

En casa, colgó el abrigo viejo detrás de la puerta y no volvió a pensar en ello.

Tres semanas después. Madrugada. Emilio cambiaba de canal sin ganas y se topó con el noticiero Telemundo 51, justo en el momento del sorteo del Florida Lotto. La presentadora cantaba los números con una pelotita rebotando en el atril.

—…diecisiete… veintitrés… cuarenta y uno…

Emilio se enderezó en el sofá. Esos números le resultaban familiares. Muy familiares. El diecisiete era el día del cumpleaños de su hija; el veintitrés, el de su esposa; el cuarenta y uno, la edad que él tenía cuando el mundo se le vino encima. Un nudo seco le cerró la garganta.

Se levantó de golpe. La pierna mala le rechinó. Metió la mano temblorosa en el bolsillo interior del abrigo apestoso del mendigo. Tocó un papelito doblado en cuatro. Lo sacó, lo extendió bajo la luz amarilla de la cocina. El pulso se le disparó a doscientos. Tenía ante sus ojos el boleto ganador del acumulado. Millones de dólares.

No gritó. No llamó a nadie. Se sentó en el suelo de la cocina, con la espalda contra la nevera, y lloró en silencio. Lloró por su esposa. Por la niña. Por el perro dorado que nunca soltó la manita de su hija en el asiento trasero. Por las mañanas en que darles de comer a Don Gato y a los muchachos era lo único que le llenaba el pecho.

Una semana después del cobro, Emilio fue a buscar a Doña Chayo. La encontró en su mecedora, puliendo el rosario.

—Doña Chayo, acompáñeme un momento.

La llevó en un Uber negro hasta una torre de apartamentos en Brickell Avenue. El ascensor subió al piso veinticinco en silencio. Al abrir la puerta del ático, la luz de la Bahía Biscayne les dio de lleno en la cara. Un ventanal inmenso, piso de mármol, la cocina italiana que ella siempre soñaba mirando las telenovelas.

—¿Qué es esto? —preguntó la vieja, con la voz ronca de repente.

—Sus llaves, Doña Chayo.

Se las puso en la mano, cerrándole los dedos sobre el llavero.

—San Francisco de Asís… —susurró ella—. ¿Se volvió definitivamente loco?

—Usted me ayudó con mis amigos. No miró para otro lado. Esto no es nada comparado con eso.

Doña Chayo, la cacique de las brujas, la que jamás temblaba ante nadie, rompió a llorar como una niña chiquita. Las lágrimas le corrían por los surcos del rimel y le manchaban la blusa de flores.

—Mira que eres pendejo —sollozó, dándole un manotazo en el pecho.

Los días siguientes fueron una revolución en el barrio. Las vecinas de la esquina vieron el carro nuevo. Un Ford Mustang clásico color azul noche. El chisme corrió como pólvora. “San Francisco” ahora era el “excéntrico millonario”. Las mismas bocas que antes lo maldecían ahora susurraban con admiración cuando pasaba renqueando, todavía con su bastón, todavía con su misma ropa de mecánico. El poder del billete, ya se sabe.

Mirta intentó reconciliarse y hasta le llevó un flan de caramelo. Emilio aceptó el flan con su sonrisa de niebla y cerró la puerta sin más. No había rencor. Solo una distancia infinita.

Doña Chayo, sin embargo, no quiso mudarse al ático. Lo visitaba los fines de semana, pero prefería su mecedora y su ventana que daba al patio. Lo suyo era el barrio. Eso sí, nunca más se sentó en la silla de las brujas.

Y Emilio, bueno… Emilio sigue igual. Sigue saliendo a las seis de la mañana. La bolsa azul de Friskies cuelga de su muñeca. El Don Gato tuerto, ahora gordo y venerable, lo espera cada día en la esquina de la farmacia. Los perros del solar ladran cuando oyen el golpe del bastón contra el cemento.

Los fines de semana, se sube al Mustang y se pierde por las calles del downtown, bajando por la Calle Ocho, recorriendo los callejones de La Pequeña Habana. Busca al mendigo de la barba blanca y los ojos del color del cielo después de la lluvia, pero el fantasma no aparece nunca. Ni en los refugios, ni en las esquinas, ni en los parques.

Al volver a casa, Emilio cuelga el abrigo raído detrás de la puerta. No lo lava; no quiere borrar el olor a tabaco y a mar. Afuera, el golpe de su bastón contra el cemento anuncia su llegada, y Don Gato, el siamés tuerto, maúlla desde la esquina.

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El Loco de los Gatos