El último baile de Marisol

Marisol alisó el mantel de lino sobre la mesa del jardín y retrocedió dos pasos para contemplar su obra. Cincuenta velas, cincuenta años, y una terraza en San Antonio iluminada con guirnaldas que parpadeaban contra el cielo tejano de junio. Todo estaba listo. Los vecinos llegarían en una hora. Su hija Valeria había horneado tres tipos de empanadas. Su hijo Joaquín traía la guitarra.

Entonces el teléfono vibró sobre la mesa.

Un número desconocido. O no tanto. Hay dígitos que no se olvidan aunque los borres de la agenda. Marisol sintió un vuelco en el estómago antes siquiera de leer el mensaje completo.

«Estoy en la ciudad. ¿Puedo pasar a saludarte?»

Damián.

Diez años. Una década entera desde que él hiciera la maleta un martes cualquiera de febrero, con la camisa aún oliendo al perfume barato de la recepcionista de la clínica dental donde trabajaban juntos. Marisol recordaba cada palabra de aquella noche: «Esto ya no funciona. Somos compañeros de piso, Mari. Yo necesito aire, emociones, sentirme vivo otra vez». Ella no lloró delante de él. Hija de mexicanos que le enseñaron que a nadie se le ruega. Le alcanzó la bolsa de viaje. Le preguntó si se llevaba el taladro inalámbrico que tanto le gustaba. Cerró la puerta con cuidado, sin un portazo, y apenas la cerró, se resbaló por la pared hasta quedar sentada, soltando todo el llanto que se había aguantado.

Seis meses después él se casó con Claudia, la recepcionista. Al año tuvieron un hijo. Marisol se tragó el orgullo, vendió la casa de Austin, se mudó a San Antonio y empezó de cero. Estudió una certificación de contabilidad. Abrió su propia panadería —«La Cosecha»— que en cinco años se convirtió en la favorita del barrio de Alamo Heights. Adoptó un perro callejero al que llamó Capitán. Viajó a Ciudad de México con amigas, aprendió a bailar cumbia como si tuviera veinte años, se compró un Jeep Wrangler 2009 color arena, con 98 mil millas, por $8,200. Poco a poco, la risa volvió, el sueño se hizo pesado y por la mañana ya no se preguntaba si se había equivocado.

Y ahora él volvía.

Marisol leyó el mensaje tres veces. Tecleó «No» y borró. Tecleó «¿Para qué?» y borró también. Miró su reflejo en la ventana del comedor: un vestido color vino que le sentaba espectacular, el cabello corto con mechas caramelo, los aretes de plata que se había regalado al cumplir cuarenta y ocho. Soltó el teléfono. No respondió nada. Si Damián quería la dirección del festejo, que se la pidiera a sus hijos. Ellos seguían en contacto con él. Marisol nunca se los prohibió.

A las ocho en punto él apareció.

Traía un ramo de girasoles mustios y una botella de vino tinto de supermercado. Marisol casi no lo reconoce. Damián siempre había sido un hombre de porte impecable —odontólogo de vocación, manos cuidadas, espalda recta, esa sonrisa ensayada que derretía secretarias. Ahora estaba encorvado. Más delgado. Las entradas le comían media frente y unas ojeras moradas, como si no hubiera dormido en meses.

—Felicidades —dijo, y su voz sonaba más ronca de lo que ella recordaba—. Estás… radiante.

—Tú no tanto.

—No —aceptó él sin levantar la mirada—. La verdad es que no.

Marisol esperaba al Damián prepotente de siempre, el que entraba a un sitio y automáticamente se volvía el centro. Pero el hombre que tenía enfrente parecía encogido, ausente. Le señaló una silla en una esquina de la terraza, lejos de la mesa principal. Que estuviera, sí, pero en su lugar.

La fiesta transcurrió con música y tequila y el aroma dulce del pastel de tres leches que las vecinas elogiaron sin parar. Marisol bailó con Joaquín, brindó con Valeria, sopló las velas entre aplausos. Damián apenas probó bocado. Se quedó en su esquina, girando la copa de vino entre los dedos, mirándola fijamente, como si ya no estuviera ahí.

Cuando los invitados empezaron a marcharse, Marisol se acercó.

—Bueno. Ya estuviste. Ahora dime qué quieres.

—No aquí.

—No hay otro sitio.

Damián dejó la copa sobre la mesa y resopló. Afuera, en la calle, los faroles encendidos dibujaban sombras alargadas sobre el pavimento todavía caliente. Se oían las rancheras de la casa del vecino jubilado.

—Me divorcio —dijo al fin.

—Qué sorpresa.

—Claudia se va. Me pidió los papeles hace tres meses.

—¿Y esperas que yo te aplauda?

—No espero nada —Damián negó con la cabeza—. Pero no es por ella que estoy aquí. Es por esto.

Metió la mano en el bolsillo de la chaqueta y sacó un sobre doblado, de esos que entregan en los consultorios médicos con el logo de una aseguradora. Lo puso sobre la mesa. Marisol reconoció el membrete del Texas Oncology Center.

—Cáncer de páncreas. Etapa cuatro. Los tratamientos paliativos son lo único que me ofrecen ya.

Silencio. El rumor de las guirnaldas eléctricas contra la brisa nocturna. El tintineo de Capitán correteando entre las macetas.

—¿Desde cuándo? —preguntó ella sin abrir el sobre.

—Seis meses. Empecé quimio en enero pero no sirvió de nada —hizo una pausa, tragando saliva—. Cuando Claudia supo que no había cura hizo las maletas. Dijo que no estaba dispuesta a perder el tiempo como enfermera. Agarró al niño y se fue a casa de sus padres en Laredo.

—El niño —repitió Marisol, y la sonrisa que le salió fue puro vinagre—. ¿El hijo por el que me dejaste?

—El mismo.

—Y ahora vienes a que yo…

—No —la interrumpió, alzando la mano—. No vengo a pedirte nada. Ni cuidados, ni dinero, ni que me abras la puerta de tu casa. Vengo a pedir perdón. Solo eso.

—¿Perdón por qué exactamente?

—Por todo. Por cobarde. Por egoísta. Porque en diez años no hubo un solo día en que no pensara en ti. Y ahora que se me acaba el tiempo necesito decírtelo, aunque tú me escupas en la cara.

Marisol se cruzó de brazos. Había repasado esta escena cientos de veces, se había visto a sí misma echándole en cara cada puta cosa. Pero en ese momento las palabras se le atoraron. Solo sintió un hueco seco en el pecho y unas ganas brutales de que se largara.

—Déjame el sobre y vete.

Él asintió, se levantó con esfuerzo y se marchó sin volver la vista atrás. Marisol apagó las guirnaldas, recogió los platos, guardó las sobras en recipientes de plástico. No abrió el sobre hasta que el reloj del horno marcó las 2:11 de la madrugada, sentada en la cocina con Capitán dormido a sus pies.

Dentro había una fotografía. Ellos dos en South Padre Island, recién casados. Él con un sombrero vaquero ridículo, ella con un vestido floreado y los pies hundidos en la arena. Al dorso, escrito a mano con la caligrafía temblorosa de quien ya no controla el pulso: «Los días buenos fueron contigo. Tardé demasiado en darme cuenta».

Marisol apretó la foto tan fuerte que se le marcaron los dedos. La tiró sobre la mesa, boca abajo. Se quedó así un rato largo, viendo cómo la luz de la nevera temblaba. Luego la guardó otra vez en el sobre y se fue a la cama sin despedirse de Capitán.

El sábado siguiente amaneció de un gris parejo. Marisol subió al Jeep y condujo cuarenta minutos hasta el apartamento de Damián en Dignowity Hill. Se estacionó, apagó el motor y se quedó viendo la puerta del edificio. Agarró la hielera con el caldo de pollo, las tres gelatinas y la bolsa de pan dulce recién horneado. Bajó del Jeep. Caminó hasta el 2B y antes de tocar retiró la mano. Se mordió los labios, soltó un «pinche viejo» en voz baja, y tocó.

Él abrió en bata y pantuflas. En cuanto la vio, se echó a llorar como un niño. Marisol entró sin esperar invitación, puso la hielera sobre la mesa y la abrió con un golpe. Sacó el caldo, lo alzó un segundo como si fuera a meterlo de vuelta, y lo dejó caer con un golpe seco.

—Cálmate y come —dijo, sin mirarlo.

—No merezco esto.

—No, no mereces nada. Pero así está la cosa.

Durante cuatro meses Marisol fue dos veces por semana al apartamento. Limpiaba lo que él ya no podía limpiar, le leía el periódico en voz alta, lo llevaba a las consultas médicas. Hablaban poco del pasado. Hablaban de sus hijos, de la panadería, de cómo San Antonio cambiaba cada año. Una tarde de octubre, Damián le pidió que pusiera música. Cumbia, de la vieja. Marisol subió el volumen y bailaron, torpemente, él apoyado en su bastón, ella guiándolo con paciencia. Al terminar, él le apretó la mano:

—Lo siento. De verdad. Cada día de estos diez años.

—Cállate ya —respondió ella, pero sin filo en la voz—. Báilame esta última y quedamos a mano.

Damián murió un jueves de noviembre. Su hijo estaba en la escuela, Claudia ni siquiera respondió el teléfono. Marisol fue quien avisó a la funeraria, eligió un ataúd de caoba de $1,850 y organizó un velorio modesto al que solo asistieron Joaquín y Valeria, la vecina del apartamento de al lado y tres antiguos compañeros de la clínica.

El día del entierro no hubo discursos. Un sacerdote rezó un padrenuestro y Marisol arrojó un puñado de tierra sobre la caja. No lloró. Ya se había quedado sin lágrimas en aquel pasillo de Austin hacía más de diez años.

De vuelta en casa, dejó los girasoles secos que él le había llevado a la fiesta dentro de un sobre de papel craft, junto a la fotografía de South Padre Island. Cerró el sobre con cinta adhesiva y lo guardó en una caja de zapatos en lo alto del armario. No para recordarlo. Para cerrarlo.

Esa noche, Valeria y Joaquín se quedaron a cenar. Mientras freía unos chiles rellenos, Valeria preguntó:

—Mamá, ¿lo perdonaste?

Marisol removió la salsa sin prisa.

—No.

Sirvió los platos. Se sentaron a la mesa, los tres juntos. Afuera ladró Capitán y la luna se coló por la ventana de la cocina. Joaquín encendió la radio del aparador y una ranchera empezó a sonar. Marisol apretó la mano de Valeria sobre el mantel y siguió comiendo.

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