— ¿Otra vez compraste el queso este caro, Vale? Te he dicho mil veces que en el Publix hay marcas más baratas. No estamos para andar tirando el dinero a la basura — soltó Esteban, dejando las bolsas sobre la encimera de la cocina con más fuerza de la necesaria. El bote de café cubano vibró peligrosamente cerca del borde.
Valeria apretó la cuchara de madera contra la olla del frijol. Llevaban meses con la misma canción. Desde que a Esteban le habían recortado las comisiones en la concesionaria de la Calle Ocho, cada centavo que ella gastaba era un interrogatorio.
— Es queso manchego, Esteban. Costó seis dólares. El que tú quieres que compre sabe a plástico de nevera. Además, mira quién habla de apretarse el cinturón, que te gastaste ochenta mangos en el asado del domingo con tus compadres del domino — respondió ella sin girarse. El ventilador del techo zumbaba, pegando el aire caliente del atardecer de Miami contra las paredes color salmón del apartamento.
— Eso es diferente, son relaciones públicas. Contactos. En este país uno no sale adelante tomando café Bustelo solo en casa, hay que dejarse ver — se defendió él, abanicándose con un sobre del banco. — Hablando de plata: lo de la cuota del campamento para Leo… vamos a tener que patearlo para el mes que entra.
Valeria se giró. El sudor le pegaba un mechón negro en la frente.
— ¿Cómo que patearlo? Hoy vence el plazo, Esteban. Son trescientos cincuenta dólares. El YMCA de Orlando, el de baloncesto. El niño lleva desde enero ahorrando la mitad con lo que le da mi mamá por lavar el carro. Me dijiste que tú ponías el resto.
— Se complicó la cosa. El comprador del Chrysler se echó para atrás. Y la cuota del seguro de la troca venció ayer — Esteban desvió la mirada hacia la ventana, donde las ramas de un ficus golpeaban el vidrio sucio. — Además, tres semanas en esa finca con piscina, a saber qué se gasta uno en gasolina solo para llevarlo hasta allá. Que se vaya con tu suegra a Naples unos días, la playa es gratis y así aprende a no ser tan delicado.
— ¿A la playa? A la casa de mi mamá, que está a diez millas del mar. Para que se lave las patas con la manguera del patio antes de entrar. Mientras tanto tú bien que te ibas a gastar un dineral en el crucero ese de los cojones — las palabras le salieron a Valeria antes de poder morderlas. Fue un golpe bajo, pero llevaba meses tragándose el orgullo.
Esteban se quedó tieso junto a la nevera. El crucero. Ese era el tercer riel de la conversación, el secreto a voces de la casa. Hacía dos años que venía amenazando con irse una semana a las Bahamas con sus hijas grandes. "Las nenas lo necesitan", decía, "para no sentirse abandonadas". Las nenas tenían veintidós y diecinueve años y vivían en una urbanización de Hialeah con la exmujer, Carina, y el nuevo novio de esta.
— No mezcles las cosas, Vale, que ese viaje era un plan familiar. Una experiencia para las muchachas — la voz de Esteban se puso pastosa.
— ¿Familiar? ¿Con Carina de chaperona en el camarote de al lado? Mira Esteban, no me tomes por pendeja. Llevas meses diciéndome que la cosa está fatal en el trabajo, que no cubrimos los gastos, y yo partiéndome el lomo haciendo turnos dobles en la clínica dental mientras tú te desapareces en el teléfono.
Sonó un ping en la tablet que estaba sobre el sofá. Un email entrante. La pantalla se iluminó con el logo de una agencia de viajes. Valeria, que estaba más cerca, alargó la mano por instinto. Normalmente no se metía en sus cosas, pero el asunto del mensaje brillaba en letras blancas: `Confirmación de reserva – Carnival Cruise Lines`.
Esteban se abalanzó como un gato mojado, tirando al suelo la bolsa de pan de molde. Sus dedos rozaron el borde de la tablet, pero Valeria ya la tenía en las manos.
— ¡Dame eso! ¡Es privado!
— Tú no tienes privacidad conmigo, Esteban. Menos si vienes a llorarme que no hay para el campamento del hijo tuyo, del que duerme en este sofá cada noche.
Ella abrió el mensaje mientras él resoplaba a su espalda. El texto era breve y fulminante: "Su camarote con balcón, pasajeros: Esteban G., Carina P., Sofía G., Natalia G., está confirmado. Pago total recibido: $4,800 USD. Itinerario: Miami – Nassau – Cayo Coco."
Valeria leyó la cifra tres veces. Cuatro mil ochocientos dólares. La cantidad exacta que a ella le faltaba para el down payment de un carro más seguro, la misma cifra que su hijo necesitaba para un tratamiento de ortodoncia. Lo habían discutido en enero, y Esteban había dicho que con la inflación, imposible.
En el pasillo se oyó el golpe de la puerta del baño. Leo, de doce años, salió secándose el pelo con una toalla y con la playera de los Miami Heat al revés.
— ¿Llamaste a tía Claudia? Que si no viene la colada del domingo, mi amigo Kevin dijo que podemos jugar en su X-box — preguntó el chico, ajeno al campo minado.
— Ve al cuarto un momento, Leo. Tu papá y yo tenemos que hablar de negocios.
El niño se encogió de hombros y se fue, arrastrando las chancletas por el piso de terrazo. En cuanto su puerta se cerró, Valeria dejó caer la tablet sobre el sofá. No gritó. Dejó que el silencio del ventilador y el olor a frijol quemado hicieran el trabajo.
— Me mentiste. No era un crucero de solteros con tus amigos, no era una "escapada de fin de semana económico". Son cinco días en un camarote con balcón, Esteban. El paquete de luna de miel. Con Carina. Mientras yo aquí estirando el cheque.
— ¡Es por las nenas! — explotó Esteban, señalando hacia el cuarto como si las hijas vivieran allí. — Carina las envenena contra mí si no me porto bien. Dijo que si quería verlas en Navidad, tenía que hacer algo grande, algo de verdad. Tú no sabes lo que es criar a dos mujeres sin que te odien.
— ¿Y a Leo? ¿A él quién lo salva de que se le enferme el papá de hipocresía? ¿Sabes qué, Esteban? Tú no tienes remedio — Valeria se pasó las manos por la cara, embarrándose un poco de la tierra de la maceta de albahaca que había estado cambiando más temprano. Fue al armario del pasillo, sacó una maleta Samsonite medio rota y la arrastró hasta la sala.
— ¿Qué haces?
— Lo que debí hacer hace un año. Empacar tus porquerías. No esperes al viernes. Lárgate ya mismo para Hialeah. Carina debe tener el sofá desocupado, digo yo. Ya que pagaste por el VIP, que te empiece a rendir desde hoy.
— No te atrevas, Valeria, que este apartamento está a nombre de los dos — mintió Esteban, sabiendo perfectamente que el contrato de alquiler estaba a nombre de la tía política de ella, y el subarriendo era bajo la mesa.
— Claro que no. Esto está a nombre de mi familia. ¿El teléfono de quién tiene el casero? El mío. Así que recoge tus camisas de Tommy Hilfiger, tu loción de Macy's y la foto de tu primera comunión, y vete a ver el atardecer a la mansión de tu ex.
Esteban se quedó quieto, calculando. Se vio acorralado. Por un segundo, en sus ojos pasó la imagen de Carina y sus hijas en la piscina del crucero. El sol, la música de mariachi en la cubierta, los mojitos ilimitados. No iba a perder eso por un berrinche de Valeria. Carina había estado amable en los mensajes, incluso insinuó que quizás, solo quizás, si el viaje salía bien, podían hablar de darse otra oportunidad.
— Pues me voy — dijo con un orgullo falso, recogiendo la maleta y metiendo cosas a puñados. — Con Carina no tengo que escuchar quejas. Ella sí valora un gesto romántico. No como tú, que solo ves el signo de pesos.
— El gesto romántico de cuatro mil ochocientos dólares. Con eso compras mucho cariño, Esteban. Lo malo es que se acaba rápido. Ahora lárgate.
Diez minutos después, Valeria escuchó el arranque de la vieja pickup de Esteban. Una Silverado 2005, blanca, con una calcomanía desgastada de la Virgen de la Caridad del Cobre en la puerta. El ruido se perdió entre los ladridos de los perros callejeros y la música de un vecino que celebraba un cumpleaños con reggaetón.
Valeria apagó la hornilla. El frijol se había pegado al fondo. Salió al balcón minúsculo que daba a un canal donde el agua se veía color café con leche, y respiró profundamente el olor a gasolina de los botes. Se fijó en una gotera que manchaba la pared del edificio de al lado desde hacía meses. Nunca la arreglaban.
Mientras, Esteban enfiló hacia la 836, rumbo al norte. Tenía una mezcla de rabia y excitación. La adrenalina de la pelea todavía le zumbaba. Se vio a sí mismo como un héroe incomprendido. Puso la radio en una estación de salsa. "Todo tiene su final", cantaba Héctor Lavoe. La coincidencia no le hizo gracia.
Tardó treinta minutos en llegar a la urbanización de casas pareadas en Hialeah Gardens. El sol ya se había ido, dejando un cielo color salmón y malva. La casa de Carina era la única del bloque con el matojo más alto y una Honda Civic rayada aparcada en la rampa, junto a una bicicleta de spinning oxidada.
Se bajó de un salto. El asfalto todavía soltaba el calor del día. Tocó el timbre y se alisó la camiseta. Carina abrió la puerta con una copa de rosado en la mano y cara de pocos amigos. El aroma a suavizante para ropa y a algo metálico — un ambientador automático — flotó hasta el porche.
— ¿Esteban? ¿Qué coño haces aquí a esta hora? ¿No quedamos en que nos veíamos en la terminal de embarque el sábado?
— Sorpresa, nena. Me mudé. — Él sonrió, pero la sonrisa se le fue desinflando al ver la expresión de su exmujer. — Lo dejé con Vale. Lo nuestro ya es historia. Ahora estoy libre. Y quería estar con mi familia de verdad. Empezar la segunda parte antes del crucero.
Carina soltó una risita corta, sin abrir la boca.
— Ay, Esteban, tú sí eres bruto. Mira, te agradezco lo del viaje. De verdad. Me lo debías. Por los años que me dejaste clavada con las muchachas mientras tú te buscabas una más joven. Por el dinero de la manutención que nunca llegaba completo. Pero de ahí a que te vengas a vivir aquí…
— Pero… ¿y nosotros? — la voz de Esteban se quebró. — Las niñas. La familia. En el barco.
— En el barco somos pasajeros en camarotes separados, Esteban. Tú pagaste, tú vas. Pero aquí la cosa no ha cambiado. Yo tengo mi vida. Fernando se va a mudar aquí en dos meses, y las muchachas lo quieren más que a ti ya. Tú eres un accionista ocasional, no el dueño de la empresa.
A Esteban se le secó la boca. Fernando. El novio. El del seguro de vida y el trabajo en la planta de Amazon. Sintió como si le hubieran metido un puño en el estómago.
— Me gasté todo, Carina. La mitad del crédito rotativo está en ese crucero. ¿Cómo le explico yo a mis hijas que su papá se quedó en la calle por intentar recuperarlas?
— Ese es tu problema, papito. Yo no te pedí que te arruinaras, te pedí que te portaras bien. Si quieres, mañana te mando un enlace para un subarriendo en la Pequeña Habana que está barato. Pero aquí no te puedes quedar.
La puerta se cerró con un chasquido suave. El mosquitero vibró. Esteban se quedó con el puño del equipaje en la mano, viendo la luz cálida del interior a través de las persianas de plástico. Por un vidrio esmerilado, alcanzó a distinguir la silueta de una mesa puesta para dos.
Caminó de vuelta a la pickup. Se sentó al volante y se quedó mirando la calcomanía de la Virgen. El tanque marcaba la reserva. Buscó la cartera y contó los billetes: doce dólares. Abrió la aplicación del banco en el teléfono. El balance de la cuenta de cheques decía -$23.00 por un sobregiro del pago automático del seguro.
Empezó a caer un chipi chipi, de esos aguaceros traicioneros de Miami que duran diez minutos y lo inundan todo. El limpiaparabrisas del conductor estaba roto, así que solo veía borroso el jardín de Carina, el pasto amarillo, las decoraciones de Home Depot para pájaros.
En el piso del acompañante, entre envolturas de gasolinera y un cargador mordido por el ratón que se vivía en el garaje de Valeria, vibró el teléfono. Un mensaje de Leo: "Papá, ¿vas a venir a verme jugar baloncesto al parque el sábado? ¿O estás de viaje otra vez?"
El niño había puesto la foto de perfil de su jugador favorito: Jimmy Butler. Esteban vio los dos vistos azules del WhatsApp. No supo qué responder. Dejó caer el teléfono boca abajo. El ruido del motor de la pickup al ralentí se confundía con los golpes de agua contra el techo.
Cinco días de crucero a las Bahamas. Comida ilimitada, shows en la cubierta, fotos en la playa de Nassau con su ex y sus hijas, viendo cómo el novio Fernando le hacía cariñitos a Carina en la mesa del buffet. Un paraíso de mentira. Un infierno personal.
Esteban miraba fijamente la Honda Civic rayada de Carina, y recordó la marca del apartamento de Valeria entre las macetas, y el canal color café con leche. Los dos lugares cerrados para siempre.






