Algo se rompió dentro de Aldo el día que le entregaron la caja de cartón con sus cosas. Quince años en la misma empresa de transportes, y de pronto un supervisor veinteañero le señalaba la puerta.
—Recorte de personal —le dijeron.
Recorte. Como si fuera un pedazo de tela que sobra.
Tenía cincuenta y tres años, las manos callosas de tanto apretar tuercas y la sensación de que ya no le quedaba nada que ofrecer. Su esposa, Valeria, lo observaba desde la puerta de la cocina con esa mezcla de lástima y frustración que tanto le dolía.
Esa mañana, mientras Aldo fingía leer el periódico, ella abrió la alacena para guardar una taza y se quedó quieta. Demasiado quieta.
—Aldo… ¿qué es esto?
Sobre el estante, detrás de las latas de frijoles, asomaba una botella de tequila. La habían comprado hacía dos años, cuando celebraron el cumpleaños de Valeria. Ahora estaba por la mitad.
—No es lo que piensas —dijo él sin levantar la vista.
—Claro que no. Porque tú nunca tomas solo.
El silencio que siguió pesaba más que cualquier discusión.
Valeria se sentó frente a él. Maestra de arte en una primaria del este de Albuquerque, sabía manejar crisis. Pero esto era distinto. Le quitó el periódico de las manos.
—Oye, tú arreglaste la lavadora del vecino el mes pasado. Y el calentador de los Martínez. Y la podadora de mi hermana. Lo arreglas todo. Siempre lo has hecho.
—Son favores. La gente no paga por favores.
—Pues que empiecen a pagar.
A la mañana siguiente, con más empuje que convicción, Aldo imprimió veinte anuncios en la biblioteca pública. «¿Algo roto? Yo lo compongo. Aldo, el manitas. Presupuesto sin compromiso». Los pegó en tableros de lavanderías, supermercados y en el poste de la parada del camión.
Valeria le dejó la camioneta. Una Ford 2005, color guinda, con la pintura ya mordida por el sol de Nuevo México. «Tú me llevas al trabajo temprano y me recoges en la tarde —le dijo—. Y durante el día, la camioneta es tuya. Trato hecho, mi vida. Trato hecho».
El primer aviso en internet lo puso su sobrino. Le ayudó a crear un perfil sencillo: «Manitas de confianza. Plomería, electricidad, montaje de muebles, lo que necesite». Aldo se quedó mirando la pantalla, sin saber bien si eso funcionaría.
Funcionó antes de lo que esperaba.
A las tres horas, tenía tres llamadas.
La primera era en Las Lomas, la zona de los cerros donde las casas parecían hoteles. Una mansión de dos pisos con portón de hierro forjado y una fuente en la entrada que ni echaba agua. Lo recibió una mujer envuelta en una bata de seda, con un perro chihuahua temblándole en los brazos. Ambos lo miraron como si trajera la peste.
—Es una lámpara italiana —dijo la mujer, señalando una caja enorme en medio de la sala—. Cristal de Murano. Me costó un ojo de la cara.
Aldo abrió la caja. Agarró una de las piezas, la sopesó.
—Esto no es cristal de Murano, señora. Esto es vidrio.
—¿Cómo que vidrio? ¡Pero si el anticuario me juró…!
—El anticuario le vio la cara. Mire —Aldo le mostró una etiqueta minúscula en la base—. Aquí dice «Hecho en Taiwán».
La mujer soltó un bufido. El chihuahua le respondió con otro.
Tardó una hora en colgarla. Cuando terminó, la señora le puso tres billetes de veinte en la mano sin mirarlo a los ojos. Aldo esperaba sesenta, y se lo dijo. Ella lo barrió con la mirada.
—Sesenta por colgar una lámpara es un robo. Agradece que no llamo a la policía por intentar estafarme. Lárguese.
Le señaló la lámpara vieja, tirada en un rincón, como quien señala basura.
—Esa llévesela. Y no vuelva.
La lámpara pesaba. Era de bronce macizo, con lágrimas de cristal que tintineaban como campanitas. Estaba mejor que la nueva. Aldo la cargó hasta la camioneta con la garganta apretada y las manos temblándole de rabia y humillación. «Algún día me sirve», pensó, pero el pensamiento no le alivió.
El segundo aviso llegó por teléfono mientras él aún mascullaba insultos contra la mujer de Las Lomas.
—¿Es usted el que arregla cosas? —La voz sonaba urgente, quebrada—. Por favor, necesito a alguien ahora mismo. Lleva dos días ahí metido.
Pensó que se trataba de una persona atrapada.
Era un gato.
La dirección correspondía a un complejo de apartamentos modestos cerca de la interestatal, de esos que tienen las ventanas cubiertas con papel aluminio para rebotar el sol. Lo recibió una anciana con el pelo recogido en un chongo despelujado y chanclas de peluche.
—Ahí está, el pobrecito —dijo, señalando detrás de un librero enorme y torcido—. No sale ni para comer.
El gato era una bola de pelo gris y ojos amarillos, acurrucado entre la pared y el mueble. La señora le explicó que su vecino había muerto una semana atrás. El hombre vivía solo, y el gato era lo único que tenía. A ella le tocó hacerse cargo, pero el animal no se dejaba tocar por nadie y su propio gato, un siamés gordo llamado Pistache, lo amenazaba con bufidos cada vez que intentaba salir.
Aldo se agachó. No dijo nada. Solo extendió la mano y se quedó así, inmóvil, esperando. Mientras esperaba, el escozor de la humillación anterior aún le quemaba el pecho, pero se fue disolviendo en el silencio.
El gato tardó casi cinco minutos en moverse. Luego, como si reconociera algo en aquel hombre callado, salió arrastrando la panza por el suelo y restregó la cabeza contra sus nudillos.
—Mire nomás —susurró la anciana—. Con usted sí.
Mientras el gato devoraba una lata de atún, Aldo le arregló la bisagra del librero, le cambió el flotador del baño y le pegó la pata coja de la mesa. La anciana le preparó un café de olla mientras hablaba sin parar: del vecino, de lo bueno que era, de cómo el gato se pasaba las tardes en su regazo mientras veían las noticias.
—Necesita un hogar —dijo ella finalmente—. Aquí Pistache no lo deja en paz.
—Yo creo que conozco el lugar indicado.
El tercer cliente vivía en un estudio minúsculo en el centro. Olía a encierro, a comida recalentada y a algo más difícil de definir: soledad.
El muchacho que abrió la puerta tendría veintitantos. Llevaba tres días sin bañarse, eso se notaba. La mesa estaba cubierta de latas de Monster y teclados mecánicos con lucecitas.
—Pasa, pasa —dijo sin casi mirarlo—. Es el lavabo del baño. Lleva goteando como dos semanas y ya no puedo dormir.
—¿Programador?
—Más o menos. Freelance. Me pagan por resolverle bugs a una empresa de Austin.
Mientras Aldo desmontaba el sifón, el muchacho volvió a su silla de tres pantallas. Tecleaba como poseso, se mordía las uñas, soltaba maldiciones a media voz.
—¿Cuánto hace que no sales? —preguntó Aldo.
—Qué sé yo. ¿Diez días? ¿Doce?
—Eso no es vida, muchacho.
—Lo sé —el joven rio, pero era una risa que no le llegaba a los ojos—. Pero alguien tiene que pagar las cuentas.
Aldo terminó en veinte minutos. El muchacho, que dijo llamarse Miguel, le pagó con un billete de cincuenta y le pidió el número.
—Te voy a llamar seguido —dijo—. La ducha también hace un ruido raro.
—La ducha, la estufa y lo que haga falta. Pero sal un rato. Te lo digo en serio.
Miguel se quedó pensando un segundo.
—Oye, Aldo… ¿tú tienes quien te espere en casa?
—Sí.
—Qué suerte.
Antes de irse, Aldo mencionó que conocía a un chamaco que necesitaba ayuda con la computadora de la escuela. Miguel se encogió de hombros, incómodo.
—No sé tratar con niños. Y con mujeres menos. Siempre meto la pata.
—Se aprende —dijo Aldo—. Te aviso cuando necesite el favor.
La última parada del día fue un departamento modesto en el Valle Sur. Lo atendió una mujer joven, de esas que cargan las ojeras como medallas. Tenía el uniforme de una cadena de supermercados y el gesto de quien cuenta cada peso.
—Son las cortinas —dijo, señalando los rieles viejos—. Se cayeron hace dos meses y no he podido poner las nuevas. Y si puede revisar el enchufe de la sala, también. A veces echa chispas.
Se disculpó por el desorden, dijo que volvía en dos horas, y antes de irse añadió:
—Ah, mi hijo está en su cuarto. Se llama Mateo. No le va a molestar.
Mateo tenía diez años. Salió al pasillo apoyado en unas muletas. Polio de pequeño, pensó Aldo. O algo así. Pero los ojos del niño no tenían nada de enfermo: brillaban con una curiosidad insaciable.
—¿Te puedo ver trabajar?
—Claro, campeón. Ponte cómodo.
Durante la siguiente hora y media, Mateo no se calló un momento. Le contó que hacía la escuela por internet, que su materia favorita era ciencias, que no le gustaba que su mamá trabajara tanto, que a veces se sentía solo pero no quería decírselo a ella para no preocuparla.
—Ella no es mi mamá de verdad, ¿sabes? —soltó de pronto.
Aldo dejó el desarmador en el suelo.
—Mi mamá de verdad me dejó en el hospital cuando se enteró de lo de mis piernas. Esta es su hermana. Pero ella me adoptó. No le digas que lo sé.
—No le voy a decir.
—Ella es la mejor mamá del mundo —Mateo bajó la voz—. Por mí no se ha casado. Dice que no quiere, pero yo sé que sí quiere. Solo que ningún novio quiere un hijo con muletas.
—Eso no es cierto.
—Sí es cierto. Ya pasó dos veces.
Aldo apretó los dientes. Conocía esa clase de hombres. Había trabajado con varios.
Terminó los rieles, y se dispuso a revisar el enchufe. Sacó el probador, aflojó los tornillos. El cableado era viejo, con empalmes oxidados. Al puentear para probar la corriente, una chispa estalló con un chasquido seco. El olor a plástico quemado llenó la sala en un instante. Mateo gritó, y Aldo saltó hacia atrás, derribando una silla.
—¡Está bien, está bien! —dijo, levantando las manos—. Solo fue un corto. No pasó nada.
Pero cuando miró a Mateo, el niño estaba pálido y se agarraba las muletas con los nudillos blancos. Aldo sintió un vuelco en el estómago: había puesto en peligro a aquel chamaco solo por no revisar bien antes de conectar. Se maldijo en silencio. Pidió un café bien cargado para calmar los nervios, aisló el circuito correctamente y terminó la reparación con las manos aún inseguras.
Cuando por fin restableció la luz y el enchufe funcionó sin chispas, resopló. Mateo, ya recuperado, le alcanzó la toalla para limpiarse el sudor. Aldo miró el techo de la sala. Demasiado alto. Demasiado vacío. Salió a la camioneta, con el recuerdo de la humillación de la mañana mezclado con el susto reciente, y regresó cargando la lámpara de bronce.
—¿Eso qué es? —preguntó Mateo.
—Un regalo. Para ti y tu mamá.
La instalaron entre los dos. Mateo pasaba las herramientas, hacía preguntas, soltaba alguna risa nerviosa. Cuando encendieron la luz y el cristal proyectó destellos dorados sobre las paredes, el niño se quedó sin habla.
La mamá de Mateo, que se llamaba Luz, regresó justo cuando Aldo guardaba sus cosas.
—¿Y eso? —preguntó.
—La traía en la camioneta. Es un regalo de mi negocio.
—Pero yo no puedo…
—Sí puede. Y luego hablamos.
Luego hablaron de un gato.
Aldo le contó lo del vecino muerto, lo de la señora de los apartamentos, lo de Pistache el siamés. Le contó que el gato solo se dejaba tocar por hombres y que estaba buscando un amigo. Y mientras hablaba, miraba a Mateo.
—¿Qué te parece, campeón? —preguntó—. ¿Tú crees que tu mamá te dejaría tener un gato?
Mateo volteó hacia su madre con los ojos como platos. Luz soltó una carcajada suave.
—Está bien, está bien. Pero dormirá en tu cuarto. A ver si nos entendemos con ese gato.
Esa noche, Aldo fue por el gato. Cuando llegó a los apartamentos, el animal salió de detrás del librero apenas escuchó su voz. Se restregó contra sus piernas y soltó un maullido ronco.
—Te tengo una sorpresa —dijo Aldo, agachándose—. Un niño que necesita un amigo. Un niño que no puede correr, pero tampoco necesita correr para quererte. ¿Qué dices?
El gato lo miró fijo, parpadeó despacio y, sin más, saltó a la caja de transporte que Aldo había llevado. Aldo no dijo nada; simplemente cerró la tapa con cuidado.
La señora de los apartamentos lloró un poquito cuando se despidió. Pero eran lágrimas de alivio.
Cuando Aldo entró al departamento con el gato en brazos, Mateo ya lo esperaba sentado en el sillón. El animal saltó al piso, caminó con desconfianza unos pasos, olisqueó las muletas recargadas contra la mesa y luego, como si comprendiera exactamente lo que eran, saltó al sillón y se enroscó en el regazo del niño.
—Se va a llamar Sombra —dijo Mateo en voz baja, acariciándole el lomo.
Esa noche, ya de regreso, Aldo estacionó la camioneta frente a la parada donde Valeria lo esperaba.
Ella subió. Lo miró un largo rato sin decir nada, tratando de identificar qué era lo que había cambiado.
—Estás distinto —dijo.
—Estoy cansado. Pero cansado bien. Cansado de verdad.
—Cuéntame todo.
Y le contó.
Le contó de la señora de la mansión y su lámpara de Murano falsa, y cómo le había escupido la humillación. Le contó del gato y la anciana. Le contó de Miguel, el programador que no se bañaba. Le contó de Luz y de Mateo, de las muletas, del cortocircuito que casi incendia la sala y del susto que le dio al niño. Le contó que les regaló la lámpara.
—Les regalaste la lámpara y no les cobraste ni la mitad del trabajo —dijo Valeria.
—No. Casi mato al chamaco con la chispa esa. Les debo más bien yo.
—Eres un desastre para los negocios.
—Lo sé.
Valeria le tomó la cara con las dos manos y le plantó un beso lento. Cuando se separó, tenía los ojos vidriosos.
—¿Sabes qué? —dijo—. Esta mañana tenías la mirada apagada. Como si te hubieras ido y solo hubieras dejado el cuerpo. Y ahora… ahora eres tú otra vez.
—Era eso. Tener algo que hacer. Alguien a quien ayudar.
Pasaron dos semanas.
Aldo intentó un par de trabajos más, pero nada seguro. La humillación de Las Lomas volvía en las madrugadas, y en la alacena la botella de tequila seguía esperando. Una noche, después de un presupuesto que no cuajó, se encontró frente a ella. La destapó, sirvió un dedo en un vaso y se quedó mirando el líquido ambarino. El recuerdo del cortocircuito, la cara pálida de Mateo y la voz de Valeria en la mañana del despido le golpearon juntos. Estaba a punto de beber cuando sonó el teléfono.
Era Miguel.
—Oye, Aldo, al fin me animé. Pasé por casa de la tal Luz. La chamaca me miró como si yo fuera un bicho raro y el niño se escondió detrás de las muletas. Llevé un programa para la escuela, pero no sabía cómo explicarlo y solté puras tonterías. Me quería morir.
—Pero fuiste.
—Sí, fui. Y al final Mateo me enseñó un truco para un juego y nos reímos un buen rato. Luz me invitó un café. Dijo que el café sabía a rayos, pero me lo tomé todo. Creo que la regué, pero… mañana vuelvo a instalarle no sé qué cosa a la computadora.
Aldo colgó, sonriendo. El vaso de tequila seguía en la mesa. Lo vació en el fregadero y guardó la botella al fondo del armario.
Una tarde de viernes, Aldo llegó a casa y encontró a Valeria en el porche. Tenía una caja de cartón en las piernas. Adentro, una bolita de pelo naranja maullaba con desesperación.
—Estaba debajo de la camioneta —dijo Valeria—. Menos mal que lo oí antes de que arrancaras.
—Otro.
—Otro. Y este ya tiene dueña.
Aldo se agachó. El gatito levantó la cabeza y le clavó unos ojos que parecían canicas verdes.
—Le vamos a poner Aldito —anunció Valeria.
—Ni se te ocurra.
—Aldito. Ya está decidido.
El gato naranja saltó del cartón y se trepó por la pierna de Aldo hasta llegar a su hombro. Allí se quedó, ronroneando como un motor miniatura.
—Se me hace que este también me escogió a mí —dijo Aldo.
—Todos te escogen a ti. Por algo será.
Esa noche, mientras cenaban, sonó el teléfono. Era Mateo.
—Aldo, Aldo, ¿adivina qué? —la voz del niño sonaba eufórica—. Sombra ya duerme conmigo todas las noches. Y mamá fue al cine con Miguel. ¿Usted cree que se van a casar?
—No corras tanto, campeón.
—Pero sería bueno, ¿no? Así Miguel me arregla la computadora siempre.
Aldo colgó riendo.
Valeria lo observaba desde la mesa. El gato naranja dormía sobre el periódico. Aldo se levantó a servir café y el gatito se despertó solo para cambiar de posición sobre su hombro, ronroneando. Afuera, el atardecer de Albuquerque teñía el cielo de un rosa anaranjado que dolía de tan bonito. Dentro, la casa olía a café y a frijoles y a gato. Valeria estiró la mano y rozó la de Aldo mientras él dejaba la cafetera.
—Hoy no te multiplicaste —dijo en voz baja—. Solo fuiste tú.
Aldo apretó los dedos de ella, y el gato naranja ronroneó más fuerte.






