El perro que nadie quería

Esteban despertó a las cinco y media, como todos los días desde que el silencio ocupaba la otra mitad de la cama. El piso de loseta estaba helado. Puso la planta del pie descalzo y la dejó ahí, quieto, esperando algo que no llegaba. A las seis sonó el teléfono. Era Chuy, su compadre de la vieja fábrica, con quien había levantado turnos dobles cuando todavía valía la pena partirse la espalda.

—Oye, Esteban, fíjate que ando en una movida. La señora Juanita, la de la carnicería, tiene una camada de perritos. Son pastor alemán cruzados con labrador, puro hocicón. ¿Vamos? Nada más a ver.

—No ando para eso.

—Cabrón, te estoy diciendo que vamos a ver. Paso por ti en media hora.

Esteban se quedó mirando el pocillo de café vacío. La cortina dejaba pasar una luz flaca, de esas que no calientan nada. Se pasó la mano por la barba de tres días y se levantó.

La señora Juanita los recibió en su casa de dos pisos en la vieja vecindad, con una bata de flores rosas y un cigarro apagado en la comisura de la boca. El olor a humedad y a croquetas aplastadas se mezclaba con el perfume de las jacarandas del patio. En un corral de alambre, sobre periódicos viejos, la perra madre amamantaba a cuatro cachorros que parecían peluches gorditos y grises. Todos se abalanzaron hacia la reja apenas entraron los hombres, moviendo la cola, tropezándose.

Menos uno.

El quinto estaba al fondo, detrás de una cubeta volteada. Tenía una oreja doblada hacia adentro como si alguien hubiera intentado hacer un avioncito de papel y se le hubiera olvidado terminar. La cola era más corta de lo normal, un muñón ridículo, y en el lomo se le veía una placa sin pelo, color carne viva, como un lamparón.

—Mire, compadre, este de acá va a ser bien grande y guardián —dijo Juanita, alzando a uno de los gorrones—. Mírele las patotas. ¿Se lo lleva?

Esteban no contestó. Tenía la mirada clavada en el rincón.

—Ese —dijo, señalando al de la oreja doblada.

La señora soltó una risa seca.

—No, pos ése no. Mírelo bien, está chueco, quién sabe si sale bueno. Llévese al otro, al gordito, que está recio.

—Ese —repitió Esteban.

Chuy le dio un codazo y abrió la boca, pero Esteban ya se estaba agachando. La perra madre levantó la cabeza, lo miró con esos ojos cafés que parecen saberlo todo y volvió a echarse. El cachorro del rincón lo vio acercarse y no se movió. Esteban lo cargó. Pesaba menos que una bolsa de pan. Se abrió la chamarra de mezclilla y lo metió adentro, pegadito al pecho, como había hecho con su hijo tantos años atrás cuando volvían caminando del parque en las noches frías. El animal tembló un segundo y luego se quedó quieto.

—Usted es el que manda —masculló Juanita—. Pero luego no me eche la culpa si le sale enfermizo.

En el camino a casa, Chuy iba callado. Ya llegando a la calle Zarzamora, soltó:

—Oye, güey, ¿por qué ese? Estaba bien feito.

Esteban no respondió. Tenía la mano puesta sobre el bulto tibio que respiraba contra sus costillas.

El apartamento olía a guardado, a polvo acumulado y a tristeza. El perro entró con las patas flojas, resbalándose en la loseta. Olfateó la pata de la mesa, el buró, la orilla del sillón donde ya nadie se sentaba. Esteban fue a la cocina y abrió la alacena. Había un plato hondo, un vaso con el borde astillado y un pocillo solitario. No tenía traste para perro. Buscó y encontró un platón de cerámica azul, con un girasol deslavado, regalo de bodas que su mujer guardaba para las ocasiones. Lo enjuagó, lo llenó de agua y lo puso en el suelo.

Abrió el refri. Estaba casi vacío: medio cartón de leche cortada, un paquete de tortillas tiesas y un bote de chiles en vinagre que había dejado su nuera la última Navidad, antes del funeral. Cerró la puerta, se puso los zapatos y bajó al súper de la esquina. Compró leche entera, una bolsa de arroz, pierna de pollo, carne molida y un paquete de pan blanco. Compró dos platos de peltre, uno colorado para el agua, uno azul para la comida, y un collar barato de tela.

La cajera, que se llamaba Lety según el gafete, vio sus compras y sonrió. Él no dijo nada. Pagó con monedas sueltas que contó despacio.

Esa tarde cocinó arroz con pollo como no cocinaba desde hacía un año. Le sirvió al perro un poco, desmenuzado y sin huesos, y se sentó en el suelo, la espalda contra el refrigerador. Vio al animal engullir ruidosamente, meneando la cola corta. Cuando terminó, el perro se le echó encima del pie, la panza caliente sobre el empeine, y suspiró. Un suspiro largo, de esos que salen del fondo del animal y le recuerdan a uno que hay vida todavía.

—Suerte —dijo Esteban en voz baja—. Te voy a llamar Suerte.

El perro levantó la cabeza, la oreja buena tiesa, la otra todavía doblada como un acordeón. Parecía que había entendido.

Pasaron los meses. Suerte creció a tropezones: primero las patas larguísimas, luego el pecho ancho, la cola que dejó de ser un muñón feo y se convirtió en un plumero peludo que barria todo a su paso. La oreja chueca se le enderezó de pronto una mañana. La calva del lomo se cubrió de pelo brillante, rojizo, como canela molida. Los ojos, antes aguados, ahora eran dos canicas de miel, y la mirada que echaba al frente era de esas que hacen que la gente voltee en la calle.

Chuy fue el primero en notarlo. Llegó un sábado con un six de cerveza y casi se cae para atrás.

—No mames, Esteban, ¿ése es el mismo?

—El mismo.

—Te lo compro. Mejor que los de raza, carnal.

Esteban se rió por primera vez en mucho tiempo. Una risa ronca que no venía de la garganta sino del estómago, de ese lugar donde se guardan las cosas que uno creía perdidas.

Los vecinos que antes pasaban de largo ahora se paraban en la banqueta. Don Raúl, el que arreglaba aires acondicionados, se acercó una tarde:

—Oiga, don Esteban, ¿qué raza es? Parece pura sangre pero con un toque diferente.

—Es un milagro —dijo Esteban, y siguió caminando.

Suerte trotaba a su lado sin jalear, con la lengua de fuera y el pecho inflado. Los niños del barrio empezaron a juntarse en la esquina cuando salían. Algunos estiraban la mano, otros solo miraban. Una tarde, Esteban estaba sentado en la banca de la placita, viendo a Suerte corretear una pelota, cuando una niña de trenzas desiguales se paró enfrente con un plato de plástico.

—¿Se llama Suerte, verdad? —dijo, sin soltar el plato—. Mi abuelita dijo que usted me deja tocarlo.

La niña, que tendría unos ocho años, llevaba una playera de la Virgen y los tenis rotos. Esteban la había visto antes, siempre pegada a la ventana del edificio de enfrente, con las palmas aplastadas contra el vidrio.

—¿Cómo te llamas?

—Lupita. Bueno, Guadalupe, pero nadie me dice así.

—Tócalo —dijo Esteban—. Pero con respeto.

Lupita dejó el plato en el suelo, se agachó poco a poco y puso la mano abierta en el pecho del perro. Suerte se quedó quieto, el rabo moviéndose apenas, como un péndulo. La niña empezó a reír, bajito primero, luego una carcajada que salpicó toda la plaza. Desde ese día, Lupita aparecía todas las tardes a la misma hora. A veces traía un hueso del caldo que su abuela hervía, a veces una tortilla tiesa que Suerte partía con la cola alborotada.

La abuela, doña Meche, salió una vez a la puerta y se quedó viendo a Esteban con los brazos cruzados. Él le devolvió la mirada, esperando el regaño. Pero la señora dijo:

—Gracias, don. Hace meses que la chamaca no se reía así. Lo del papá fue duro pa' todos —y se metió sin esperar respuesta.

Esteban apretó la correa con fuerza. Esa noche, en su casa, fue directo al buró del pasillo. Ahí, boca abajo, llevaba dos años un portarretrato de madera con la foto de Elena, su esposa. La había puesto así el día que la enterró, porque verle los ojos era como meter los dedos en un enchufe. La polvo cubría el vidrio, menos en la esquina donde a veces rozaba sin querer.

Tomó el portarretrato, lo limpió con la manga de la camisa y lo puso de pie, mirando hacia la sala. Ahí estaba ella, con el vestido floreado de los domingos, riéndose en el malecón de Veracruz, el viento metiéndosele entre el pelo. Detrás de Esteban se oyó el clic-clic de las uñas en la loseta. Suerte se acercó, puso la cabeza en su rodilla y soltó un suspiro largo, igualito al de la primera noche.

Se quedaron un rato así, los tres. Luego Esteban se puso de pie, tomó la correa y abrió la puerta.

—Mañana llevamos a Lupita al parque —le dijo a Suerte—. Y compramos carnitas.

El perro movió la cola tan fuerte que derribó el plato del agua. Esteban no se molestó. Cerró la puerta y en el pasillo quedó flotando, apenas, un aroma a canela y jabón, como si la casa empezara a recordar cómo se sentía estar viva.

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