Luna, regresa a casa

Valentina llevaba tres meses despertándose con la misma sensación: una mano fría en el pecho. Veintidós años de matrimonio se habían evaporado en siete minutos de conversación. Daniel, con esa calma de los cirujanos al anunciar malas noticias, le dijo que todo estaba decidido. La aventura con la residente nueva ya era plan de vida. Ella no discutió. Agarró su parte de la casa vendida en Phoenix, compró un condominio pequeño en Tucson, cerca de su hermana, y se fue sin mirar atrás.

O casi. Porque mirar atrás, lo que se dice mirar, miró una sola cosa: los ojos de Luna.

Luna era una gata tricolor, rescatada de una alcantarilla en un julio infernal. Había crecido entre las piernas de Valentina mientras corregía exámenes y entre los expedientes de Daniel. Era la única hija que quedaba en casa desde que Camila se fue a la universidad. El día de la mudanza, Valentina la dejó con él. Daniel adoraba a la gata, eso no se lo podía negar. Le calentaba el escritorio mientras él firmaba altas médicas en casa. Pero cuando Valentina se inclinó para despedirse, Luna no ronroneó. Clavó esas pupilas doradas en ella, con una fijeza densa, casi humana. Un reproche sin sonido. Valentina sintió que le robaban el aire. Se prometió que volvería a verla pronto, aunque en el fondo sabía que las promesas a una gata no se firman, solo se sienten.

Tres meses después, un jueves a las once de la noche, Camila llamó desde Flagstaff.

—Mamá, te lo tengo que decir. Papá me pidió que no te avisara, pero Luna se escapó hace como un mes.

—¿Un mes? ¿Y recién me entero? ¿Cómo se escapó?

—La chica nueva, Karina, dizque dejó la puerta del patio abierta. Papá la buscó dos días y nada. Dijo que era mejor no estresarte.

Valentina colgó, respiró hondo y sintió la misma garra de aquella última mirada, arañándole el esternón. Durmió dos horas. A las seis de la mañana ya iba en la camioneta, camino a Phoenix. Su excusa era una visita a una vieja amiga, Gloria. La verdad no necesitaba excusas.

Manejó seis horas sin música, hablando sola. Se recitaba todas las veces que pudo haberse llevado a Luna. “Suficiente”. No volvió a pronunciar esa palabra en todo el viaje.

Llegó directo a la nueva casa de Daniel, un adosado en Scottsdale con jardincito de gravilla. Tocó el timbre con el puño cerrado. Abrió una mujer delgada, en pants y con un café en la mano. Karina no la conocía en persona, pero la reconoció al instante.

—¿Tú? ¿Qué haces aquí?

Daniel apareció detrás, anudándose una bata.

—Vale, esto es… inesperado.

—¿Cuándo fue la última vez que viste a Luna? —cortó Valentina, ignorando a Karina.

—Habrá sido… hace un mes, ya te dije.

—No me dijiste nada. Me enteré por Camila.

Karina soltó un suspiro y se apoyó en el marco de la puerta.

—Mira, se nos escapó. Estas cosas pasan. Es solo una gata.

Valentina ni la volteó a ver. Siguió hablándole solo a Daniel.

—¿Llamaste a la perrera? ¿Pusiste carteles? ¿Revisaste el vecindario viejo?

—Revisamos aquí, en el nuevo —dijo Daniel, incómodo—. En el antiguo no, ¿para qué iba a ir hasta allá?

—Para qué. Claro. Para qué vas a hacer nada que incomode a tu nueva vida —Valentina dio un paso atrás—. Si aparece, aunque sea en los huesos, me llamas. El número no ha cambiado.

Bajó las escaleras sin esperar respuesta. Oyó la puerta cerrarse y un comentario ahogado de Karina: “Está loca, por Dios”. Valentina no estaba loca. Estaba rota, que es distinto. Ese vacío que no pudo llenar con la mudanza, con la pintura nueva del condo, con las plantas que compró, tenía la forma exacta de un ovillo tricolor.

Manejó hasta el viejo barrio, cerca de Melrose. Estacionó frente a la casa donde habían vivido veinte años. Ahora tenía cortinas floreadas y una bicicleta infantil en el porche. Gente nueva. Se quedó un minuto dentro de la camioneta, mirando la ventana que antes era su estudio. Entonces vio a doña Chela, la vecina de al lado, barriendo la entrada con una escoba de mijo. La señora levantó la vista, entornó los ojos y soltó la escoba.

—¡Valentina! ¡Pero mijita, si pareces un fantasma, qué haces por acá!

—Cosas que resolver, doña Chela. Usted… ¿no ha visto a Luna por aquí?

—Ay, tu gata tricolor. Figúrate que sí, hace como diez días andaba merodeando los contenedores. La llamé, le puse atún, pero salía corriendo. Toda enmarañada, la pobre.

A Valentina le estalló una chispa bajo las costillas. Dio las gracias y echó a caminar por todo el perímetro de los edificios. La tarde se volvía anaranjada. Empezó a llamar bajito, con ese chasquido de lengua que solo Luna reconocía. Nada. Pasó una hora. Se metió detrás de los contenedores, entre los arbustos, junto a la lavandería. Nada. Le dolía la garganta. Se dejó caer en una banca de cemento, derrotada. Se le escapó un sollozo corto, seco, de esos que duelen más que el llanto.

—Luna, regresa… —murmuró, mirando el asfalto—. Perdóname, chiquita. Te dejé con alguien que no te merecía.

Doña Chela se acercó, le puso una mano nudosa en el hombro.

—Muchacha, es un animalito. Te va a dar algo.

—Es que ella confiaba en mí, doña Chela. Y yo la fallé. Como me fallaron a mí. Eso no se hace.

Se levantó, se secó los ojos con la manga. Empezó a volver hacia la camioneta. Diez pasos antes de la esquina, se detuvo. Algo le hizo girar la cabeza. Una sombra diminuta y sucia se despegó de detrás del contenedor verde. Una cosa peluda, gris de mugre, con los ojos amarillos como dos monedas viejas.

—¿Luna?

La sombra se quedó quieta. Valentina se agachó. La gata estiró el cuello, olfateó el aire y soltó un maullido ronco, como si preguntara “¿eres tú?”. Luego corrió. No caminó, corrió con las patas torpes, medio renqueando. Se estampó contra las espinillas de Valentina y alzó la cabecita. Solo entonces, bajo la capa de polvo y grasa, Valentina distinguió las tres manchas: el parche negro sobre el ojo, la oreja naranja, el babero blanco. La levantó. Luna se le enredó en el cuello, clavándole las uñas en los hombros, restregándole la frente en la mandíbula con una ronroneo áspero que parecía un motor descompuesto.

—Ay, mi Luna, te juro que nunca más. Esta vez nos vamos juntas.

Los días siguientes transcurrieron en casa de Gloria. Baños con champú de avena, visita al veterinario, antibiótico para una infección en la pata, papeles para el transporte. Luna, envuelta en una toalla, se dejaba hacer. Miraba a Valentina sin pestañear, como asegurándose de que no se fuera a evaporar.

El sábado abordaron el tren de regreso a Tucson. Valentina se instaló junto a la ventanilla con el transportín a sus pies. En cuanto el tren arrancó, Luna empezó a maullar bajito. Valentina abrió la rejilla y la gata se deslizó fuera, olfateó el asiento, la manta, y se ovilló sobre su regazo. El revisor pasó, las miró y sonrió.

—Qué educada.

—Más que yo —dijo Valentina.

En la mesa del vagón cafetería, un hombre de chaqueta ligera y taza de cartón leía una novela de Bolaño. Tenía el pelo canoso a los lados y una barba de tres días. Valentina pidió un té. El hombre levantó la vista.

—Perdón, ¿esa es una gata en el vagón de pasajeros?

—No se lo va a creer, pero tengo el boleto de ella también. Se llama Luna.

El hombre se rio. Una risa fácil.

—Bueno, Luna tiene más clase que algunos pasajeros que he visto.

—Viaja mucho.

—Soy ingeniero de sonido. Voy de Tucson a Los Ángeles, me la paso en el tren o en avión. Demasiado para tener mascotas.

—Yo soy profe de literatura, doy clases en línea. Acabo de rescatar a esta señorita —dijo, acariciándole el lomo—. Vuelvo a Tucson después de resolver cosas en Phoenix.

—Cosas, eh. No suena fácil. Me llamo Andrés.

—Valentina.

Siguieron hablando. Él no hizo preguntas incómodas, ella no dio explicaciones innecesarias. Hablaron del ruido de las vías, de lo raro que es el desierto de Sonora al atardecer, del sabor espantoso del café del vagón. Luna ronroneaba, un zumbido bajo que parecía envolverlos a los tres.

Cuando el tren aminoró la marcha al entrar en Tucson, Andrés señaló el transportín.

—¿Alguien te recoge?

—Nadie. Mi hija tiene clase. Pido un Uber y listo.

—Yo renté un carro. Te llevo, si no es mucha intrusión. Y así Luna viaja con más categoría.

Valentina lo observó un segundo. Pensó en la soledad del condo, en las paredes recién pintadas que olían a látex. Luna estiró la pata y apoyó la almohadilla en la mano de Andrés.

—Bueno —dijo ella—, acepto. Pero con una condición: me dejas invitarte un café de verdad en mi casa. No esta agua sucia del tren.

—Eso es chantaje. Y trato hecho.

Bajaron juntos. Él llevó el transportín, ella la mochila. En el estacionamiento, mientras acomodaban todo, Andrés soltó de repente:

—Es curioso, no planeaba conocer a nadie interesante en este viaje. Y mira. Una gata y su dueña me cambiaron el pronóstico.

Valentina sonrió por primera vez en meses, una sonrisa que no le tiraba de la piel.

—La vida a veces paga deudas raras. Ayer lloraba sola en una banca de Phoenix, y hoy…

—¿Hoy?

—Hoy tengo la sensación de que se me quitó una venda.

Andrés asintió, serio de pronto.

—A mí me pasó hace dos años. Un divorcio de ésos que te parten. El tren fue mi huida. Quizás el tren sea también mi regreso.

Entraron al condo al mediodía. La luz del desierto entró de lleno por la ventana. Luna se bajó del transportín, caminó hasta la sala, olió el sofá y se tumbó panza arriba. Andrés se quedó de pie, mirando una fotografía de Camila en la repisa.

—Hermosa tu hija.

—Y lista como ella sola. Me llamó para contarme lo de Luna, aunque su padre le prohibió. Ella sabía que yo necesitaba moverme.

Hicieron café. Se sentaron en el pequeño balcón. Luna saltó al alféizar, enroscándose junto a una maceta de romero. El aroma se mezclaba con el del café caliente. Valentina rompió el silencio.

—Tengo que escribir un post para el blog del refugio. Sobre cómo encontré a Luna. Pero no sé cómo titularlo.

—Ponle “Luna, regresa” —dijo Andrés, sin dudar—. Y firma con esperanza.

Ella lo miró. Él desvió la vista hacia el horizonte. El calor del desierto vibraba en el aire, distorsionando los cactus al fondo. Luna levantó la cabeza, los observó a ambos un momento, y volvió a cerrar los ojos, dueña absoluta de la calma. Valentina sintió que por fin podía respirar profundo, sin que la ausencia le apretara el pecho.

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